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DE GEORGE GERSHWIN

Porgy and Bess: porque nadie dijo que el amor fuera fácil

jueves 11 de junio de 2015, 08:48h
Actualizado el: 11 de junio de 2015, 08:53h
El coliseo madrileño ha estrenado con éxito este miércoles la ópera de George Gershwin, Porgy and Bess, en una producción de la Cape Town Opera Company que traslada la acción de su Boston original a los suburbios de Johannesburgo, refugio de la comunidad negra marginada por el apartheid.
El bajo-barítono Xoleba Sixaba ponía anoche en pie al público del Teatro Real, al mismo tiempo que él mismo se levantaba después de dar vida durante dos y media a un soberbio Porgy, el mendigo inválido que se enfrenta con valentía al inhóspito mundo que le rodea desde la sencilla tabla de madera con ruedas que usa para desplazarse, cuando no lo hace, simplemente, arrastrándose de rodillas. Sixaba estremecía con su poderosa interpretación y su voz profunda, a través del complejo personaje que inesperadamente es feliz porque su soledad se ha visto interrumpida por la aparición de Bess, la mujer que todos le dicen que no le conviene – una prostituta drogadicta dominada por su proxeneta -, pero de la que él está profundamente enamorado. “Tengo mucho de nada y nada es mucho para mí”, resume Porgy en uno de los vibrantes temas que jalonan la ópera del compositor norteamericano George Gershwin, estrenada en Boston en 1935 y que ya se había subido al escenario del teatro de la Plaza de Oriente en 1997.

En todo caso, resulta indiscutible que el aria más famosa, aquella a la que poquísimos cantantes pudieron resistirse a versionar – con monstruos como Ella Fitzgerald, Louis Amstrong y Nina Simone a la cabeza – es, sin duda, Summertime, un canto a la esperanza lanzado nada más empezar la ópera por una madre que mece a su bebé. Una sencilla nana de ritmo pausado que persigue lo que cualquier canción infantil: dar seguridad al recién llegado, a pesar de que en este caso sea desde las durísimas condiciones de vida que reflejaba la novela de DuBose Hayward, Porgy, en la que se basó Gershwin para construir su obra de mayor éxito internacional. Aunque antes de lograrlo, el compositor tuviera que realizar numerosos cortes para abreviar su duración – la primera versión duraba de cuatro horas –, así como para fortalecer la acción dramática de una obra cuya partitura exigía un reparto formado exclusivamente por cantantes negros formados en música clásica. Con 124 representaciones en Broadway a sus espaldas, Porgy and Bess no fue aceptada, sin embargo, como ópera en Estados Unidos hasta 1976 y, en la actualidad, es considerada parte del repertorio operístico estándar a nivel internacional.

La producción que podrá verse en Madrid hasta el próximo 10 de julio viene, por otra parte, avalada por el éxito cosechado en todos los países en los que ya ha sido representada desde su estreno en Ciudad del Cabo en 2009: Israel, Reino Unido, Holanda, Francia y Alemania, donde la Cape Town Opera obtuvo un enorme éxito junto a la Filarmónica de Berlín a las órdenes de la batuta de Simon Rattle. Y en el Real no iba a ser distinto. La Orquesta Titular del Teatro Real, dirigida por Tim Murray, se llevaba, junto a Sixaba y a su compañera – primer reparto -, la soprano de Johannesburgo Nonhlanbla Yende dando vida a la descarriada Bess, parte de los aplausos más sonoros de una velada en la que, una vez más, la ópera nos recuerda que el amor no es asunto baladí y siempre hay peligros que lo acechan desde cualquier esquina. También, que por lo general siempre hay uno dentro de la pareja que se demuestra más valiente, o puede que simplemente más loco, dispuesto a luchar incluso cuando las amenazas llegan desde varios frentes o el enemigo es, a todas luces, más poderoso.

En el caso de esta ópera racial que incorpora en su partitura ritmos de jazz, de blues, melodías populares y góspel, combinándolos sin fisuras con elementos sinfónicos, es Porgy quien se propone amar y cuidar de Bess por encima de todo. De su adicción a las drogas y a los tipos que pretenden aprovecharse de ella, como Crown, interpretado por el barítono Mandisinde Mbuyazwe, o el traficante Sportin’ Life, a quien da vida el tenor Lukhanyo Moyake. De modo que si, al final, ocurre lo que se temía y ella acaba cediendo a su pasado para marcharse con el peor de los pretendientes a Nueva York, Porgy irá a buscarla. Sabe que tendrá que rescatar a su mujer una vez más, todas las que hagan falta, aunque no sepa dónde queda la gran ciudad ni de qué forma llegará desde el barrio portuario y marginal de Charleston sumido en pleno crack del 29 en el que Gershwin situó el drama que la directora de escena de esta producción, Christine Crouse, ha trasladado a otra época terrible, los años del apartheid, y a otro lugar de miseria, el submundo de Soweto durante los contestatarios años 70, cuando aquella miserable política racista empezaba, por fin, a dar signos de resquebrajarse.

Un cambio en la escena, que, en todo caso, respeta el sentido de sufrimiento de una comunidad castigada que pretende denunciar la obra y que se acentúa en esta producción gracias a la compañía Cape Town Opera, formada por cantantes de diferentes culturas y etnias, procedentes de distintos municipios sudafricanos, algunos de ellos viviendo aún en castigados suburbios. En la actualidad, la compañía – galardonada en 2013 con el premio a la Mejor Formación en los International Opera Awards - la forman 70 voces y es el único cuerpo estable y consolidado de África. Cada vez más reclamada por teatros de todo el mundo, el próximo sábado 13 de junio la formación sudafricana protagonizará en la catedral de Toledo un concierto titulado “Voces de África” dentro del Festival de Música El Greco organizado en el marco de la colaboración entre el Teatro Real y la Real Fundación de la ciudad manchega. Porque, como aseguraba estos días en Madrid Roy Hunter, uno de los máximos responsables de la compañía, “Nos mantenemos felices y ocupados”.
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