www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Verano en diciembre, de Carolina África: La Casa del revés

Verano en diciembre, de Carolina África: La Casa del revés
Ampliar
lunes 29 de mayo de 2017, 08:35h
La pieza entrelaza tres generaciones de mujeres, con el trasfondo de “La casa de Bernarda Alba”. Por Rafael Fuentes

Verano en diciembre, de Carolina África

Directora de escena: Carolina África

Intérpretes: Lola Cordón, Pilar Manso, Laura González Cortón, Carolina África, Almudena Mestre. Y las voces de Virginia Frutos y Jorge Quesada

Lugar de representación: Teatro Galileo (Madrid). Gira por España

Desde el escenario del Teatro Galileo de Madrid se nos ofrece la oportunidad de apreciar de una forma unitaria la dramaturgia de la joven autora emergente Carolina África. Hace unas semanas en esta misma sala se exhibía su última pieza, Vientos de Levante, y ahora, acto seguido, podemos disfrutar, en el mismo lugar del que quizá sea su punto de arranque como autora: Verano en diciembre, que se alzó con el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca en 2012. Dos títulos clave no solo de Carolina África sino también de las nuevas dramaturgias femeninas emergentes en nuestro país. La visión consecutiva de ambas obras resulta muy esclarecedora. En Verano en diciembre, su autora enlaza sucesivas pinceladas de la vida privada de tres generaciones de mujeres de una misma familia, que con sus discordancias y sus vínculos recónditos, casi indestructibles, configuran un relato íntimo de la experiencia de la mujer en la reciente historia española, mucho más significativo y revelador que cualquier tratado histórico formal o erudito sobre el tema.

Que la perspectiva sea inequívocamente femenina e inspirada en sucesos personales, sin doctrinarismos, hace que la mirada sobre la generación más joven, en pleno siglo XXI, no sea triunfalista, con mujeres libres y poderosas, como nos las presenta el relato oficial –sobre todo si es redactado por un hombre-, ni tampoco lo contrario, esa especie de distopías del presente donde la vida de las mujeres de hoy pareciera un calvario jalonado de interminables suplicios. La hermana mayor, Carmen, atada a su teléfono móvil, es quien realiza una búsqueda de su libertad personal de forma más intuitiva e impulsiva, en la que todo tipo de palos de ciego la conducen a errores y caídas pueriles. Pero siempre con la voluntad de ponerse en pie y seguir adelante a toda costa.

Es un gran acierto de Carolina África no enarbolar ese antiguo “héroe positivo” -en este caso habría sido “heroína positiva”-, como un dechado de perfecciones y con un decálogo ideológico perfectamente estructurado en su cabeza. Se intentó en el pasado hacer personajes pedagógicos así, pero lo único que se consiguió fue crear caracteres sectarios cuyas mentes cuadriculadas se supone debían imitar el lector o espectador para ser, digamos, un buen católico, un excelente proletario revolucionario o una intachable feminista liberada de los engaños del patriarcado. Pero la vida real no funciona con esos parámetros, es más confusa y con personas de carne y hueso que avanzan a tientas, con debilidades, contradicciones y traiciones incluso a sí mismas. Así es Carmen: con flaquezas y paradojas divertidísimas, que vence por su voluntad de ser ella misma y no someterse a los dictámenes ajenos.

Un ejemplo muy veraz de los auténticos resortes vitales y vericuetos a través de los cuales un ser humano se autoafirma y encuentra su propio camino sin llevar un tratado doctrinal en la cabeza, guiándose sólo por el afán de ratificarse. Impagable la comicidad y lirismo soterrado con los que desenvuelve este personaje la actriz Laura González Cortón.

Su hermana menor, Alicia, encarna otro registro del mismo empeño, esta vez a través de los duros comienzos de una artista, los sacrificios un tanto inclementes que exige la lucha desesperada por la visibilidad y el reconocimiento, la hosquedad que brota con los reveses. Ambas, nacidas a las puertas del siglo XXI, atestiguan cómo la igualdad legal entre hombres y mujeres no significa que dejen de existir losas invisibles que pesan en la vida cotidiana con la misma fuerza que un código legal, por mucho que no estén consignadas en ninguna legislación. El canto a la tenacidad y determinación de Carmen y Alicia es tanto más efectivo en cuanto no se acompaña de un alegato doctrinal, sino de acciones perfectamente reconocibles en las agridulces controversias de la vida familiar.

Que el rango de segunda clase de la mujer no es algo del pasado nos lo recuerdan los restantes personajes. La hermano menor, Paloma, llamada por todas con la significativa contracción de “Palo”, vive bajo ataduras emocionales que le impiden crecer y la abocan a un espantoso miedo a la libertad. La madre, Teresa, sigue aferrada al rol de la mujer al servicio de las tareas del hogar, inculcado durante la época franquista, y la abuela, Martina, perdiendo el juicio, continúa viviendo bajo el horror de una remota guerra y las represalias tras ella. Que esos hechos históricos no pertenecen de forma plena al pasado lo ratifica que quienes los experimentaron viven aquí y ahora, y rememoran la marca que les estigmatizó a cada instante de su existencia. No son el pretérito, sino una de las caras del más inmediato presente.

Destaca con singular intensidad la figura de la abuela Martina. En parte por esa duplicidad de emociones que suscita en el espectador, humor y terror, locura y lucidez, admiración y compasión, que la dramaturga Carolina África maneja magistralmente y que ha desarrollado de una forma muy personal en obras posteriores, como Vientos de Levante. Sin duda, el factor de “autoficción”, inspirado -no copiado- en su propia abuela, le proporciona un particular brío afectivo. Pero el carácter sobresaliente de este personaje con toda seguridad posee otras claves aún de mayor entidad teatral. En buena medida, la abuela Martina simboliza un periodo terrible de nuestra historia y los estigmas que esa etapa violenta dejó en las mujeres. Pero mucho más allá de los aspectos costumbristas, Martina, con sus cómicas frases incoherentes y sus llamadas de auxilio a personas perdidas en la noche de los tiempos encierra también una dimensión mítica. Un registro legendario donde se sustenta su vigor escénico. Martina proviene de esa tradición teatral donde los “locos” son los encargados de decir la verdad. Esa verdad que todos los demás no aciertan -o no se atreven- a enunciar.

Se sabe que ese personaje mítico se remonta al menos a la Fiesta de los Locos medieval, donde dementes y borrachos, o clérigos disfrazados de bufones, entraban en recintos sagrados para proclamar de la manera más soez posible las verdades prohibidas por la jerarquía el resto del año. De ahí provienen los locos y bufones de Shakespeare, en una tradición que se adentra, en pleno siglo XX, en el teatro español, mediante autores como Federico García Lorca o Antonio Buero Vallejo. La relación de Martina con las revistas no deja de recordarnos al padre loco de El tragaluz, de Buero Vallejo. Y mucho más nos evoca a la célebre abuela, jocosa, enloquecida y lúcida, María Josefa de La casa de Bernarda Alba. En esta pieza lorquiana, la madre de Bernarda proclamaba en su locura, a los cuatro vientos, los secretos enterrados en el corazón de las hijas de la casa. Algo similar sucede con Martina en Verano en diciembre cuando grita en la noche: “¡Sálvame!, ¡Sácame de aquí!”, o cuando de improviso vuelve una y otra vez a jaculatorias donde se repite: “Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”

La abuela Martina, en su ingenua demencia, verbaliza el sentimiento de culpa gratuito en el que ha sido educada no sólo ella, sino todas las mujeres de su casa, por más que se lo callen. Incluso Alicia y Carmen, que han comenzado a recorrer su propio camino, deben bregar en su alma con ese sentimiento de culpabilidad femenino heredado de generación en generación.

Los vínculos profundos con María Josefa y con García Lorca aparecen muy velados en lo anecdótico, pero se revelan sumamente significativos en el trasfondo último del drama. Casi al final, la autora hace mencionar de forma irónica a la pintora Alicia los títulos de dos obras: Mujercitas y La casa de Bernarda Alba. Carolina África no da puntada sin hilo. Ambas son dos referencias paródicas para Verano en diciembre. Como es obvio, la pieza de la autora madrileña es toda una bofetada a esa literatura para adolescentes, como la novela de Louisa May Alcott, encaminada a adoctrinar a las “mujercitas” para que lleguen a ser “buenas esposas”. Aunque la conexión paródica con Lorca resulta mucho más transcendente. La Casa donde pelean y se ayudan abuela, madre y hermanas en Verano en diciembre posee las mismas características claustrofóbicas y castradoras que la Casa de Bernarda. En la tragedia de Lorca estábamos en una cárcel o manicomio con tabiques físicos, en cuanto que ahora esos muros más que materiales son emocionales. Incluso los nuevos espacios de libertad abiertos por Carmen o por Alicia, simbolizados por el campo de fútbol donde juega una, o la galería de arte donde expone sus lienzos la otra, son lugares a medio construir que parecen desprenderse a medias de la matriz de la Casa, pero que todavía no han logrado una autotomía ni la solidez de una independencia absoluta.

En el espacio de esa Casa atenazadora trata de reinar la madre, Teresa, versión actualizada un siglo después de la Bernarda lorquiana. Solo que su afán de mando ha sido quebrado, como la joven Adela rompía el bastón materno, símbolo de poder roto precisamente por la insumisión de las hijas. Pero más allá de esa autoridad cuestionada y arrinconada, Carolina África lleva a cabo una inteligentísima humanización del mito de Bernarda a través de su Teresa. Las hijas mayores se enfrentan y pisotean a Teresa porque representa un esquema de mujer sumisa al hombre y dominante con las jóvenes, que ellas no quieren repetir. En su deseo de erradicarlo actúan de forma inaceptablemente injusta. Verano en diciembre se encarga de iluminar el lado positivo de ese modelo femenino, volcado en la entrega a los demás.

Ninguna escena más elocuente en este aspecto que aquella donde Carmen reza pidiendo a Dios que no le metan un gol en el partido de fútbol que está jugando cuando, al mismo tiempo, en primer término, Teresa reza en el templo para saber acertar en sus decisiones a favor de sus hijas. La preocupación por lo banal de la primera, ante el desasosiego por lo esencial de la segunda, ilumina el fondo de bondad y generosidad de esta Bernarda revisitada en el siglo XXI, por más que pueda equivocarse o actuar desde esquemas superados. Una lección de discernimiento al explorar el corazón femenino, eludiendo el blanco y negro propios del melodrama.

Si en la tragedia lorquiana, el embarazo ilícito de la joven Adela resultaba un factor importante para desencadenar el suicidio y el funesto desenlace final, aquí será un motivo más de ilusión para seguir adelante. Los terribles miedos a ser libres en las lorquianas Angustias o Martirio, se resumen aquí en Paloma, la hija menor. Y al igual que los demás personajes, su evolución se encamina en dirección contraria a ese mito del teatro trágico español representado por esa obra lorquiana, rompiendo el destino previsible y volviéndolo del revés. Una rotación hacia lo que en apariencia es imposible, queda compendiado en ese giro supuestamente contradictorio del título: “verano en diciembre”. Es decir, volverlo todo del revés, lo que en Paloma significa dar un hachazo cruel pero imprescindible a la herencia de miedo y de culpa que le impide volar.

Las peripecias están repletas de humor, y debajo de cada anécdota se esconde una lección conmovedora. Carolina África posee una mano maestra para esta doble cara de los sentimientos. En la fila delante de mí pude ver a espectadores riendo a carcajadas, mientras una mujer dejaba escapar sus lágrimas en el hombro de su compañero. Esta doble escena, entrevista de reojo entre el público, sintetiza la combinación afectiva de sentimientos contrapuestos en una misma acción que la autora sabe elaborar con una gran destreza.

Lola Cordón conmueve con lo terrible y risueño de su personaje Martina. Pilar Manso borda a la perfección esa ama de casa mandona que hubiera podido pasar por una cruel Bernarda Alba, si no se mostrase su vertiente altruista y misionera. Almudena Mestre trasmite a la perfección esa mujer infantilizada, y a la vez profundamente enojada consigo misma por esa situación de inmadurez que no logra desbloquear. La pintora Alicia, por último, es interpretada por la propia Carolina África, quien sube a escena para encarnar, ella misma, al personaje de su creación. Sale bien librada de la experiencia, quizá auxiliada por los ingredientes de “autoficción” de Alicia, que sin duda le ayudan a poner en juego su memoria emocional, a pesar de lo sumamente difícil que resulta autodirigirse en un escenario teatral.

En relación con este punto, es bueno tener presente que Carolina África inició su trayectoria siendo sólo actriz. Después ha ido ampliando su actividad como profesora de arte dramático, directora de escena, dramaturga y productora, especialmente desde el soporte que supone la compañía La Belloch. Una evolución que no debiéramos quizá considerar como una progresión, sino como un enriquecimiento de las distintas facetas que puede integrar una mujer de teatro. En esto, Carolina África resulta un claro emblema de las nuevas generaciones teatrales, que aspiran a jugar con la versatilidad de interpretar, producir, dirigir o escribir al unísono. En este caso haciéndolo todo bien.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+

0 comentarios