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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Inconsolable, de Javier Gomá: una moral contra el sinsentido

Inconsolable, de Javier Gomá: una moral contra el sinsentido
(Foto: MarcoGpunto)
domingo 23 de julio de 2017, 18:50h

El ensayista Javier Gomá realiza su primera incursión en un género inédito para él: el drama. Aunque más que un cambio, Gomá ha llevado a cabo en “Inconsolable” un osado y excepcional cruce de géneros, entrelazando el ensayo y el teatro. Una maniobra arriesgada que abre un nuevo itinerario aún por explorar en la escena española, aventura casi imposible de plasmarse sin la inestimable dirección escénica de Ernesto Caballero y la interpretación de Fernando Cayo.

Inconsolable, de Javier Gomá

Director de escena: Ernesto Caballero

Escenografía: Paco Azorín

Intérpretes: Fernando Cayo

Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Madrid)

Por Rafael Fuentes

Inconsolable ha saltado del texto a escena rodeado de una previsible expectación. Su autor, Javier Gomá, es uno de los más brillantes ensayistas españoles, indiscutible en este ámbito, que realiza con esta pieza escénica una resuelta entrada en un género distinto: el teatral. Un ingreso en esta otra área creativa que traía de antemano el riesgo de ser visto como una intromisión en territorio ajeno. No solo ni fundamentalmente por el cambio de género -ensayismo por teatro-, sino más bien porque el drama de Gomá no se amolda a los preceptos más sagrados e inquebrantables instaurados por la ortodoxia teatral de hoy. Esta prescribe que la acción escénica ha de prevalecer sobre la palabra. Se trata de un axioma difícil de contradecir. También dictamina que esa palabra dramática debe ser breve, instrumental y hacer llegar sus significados de forma indirecta, a través de los subtextos del personaje y sus silencios repletos de sentido. Una normativa implícita que, además, desdeña al personaje que reflexiona y extrae conclusiones por sí mismo, con el fin de dejar abierta la meditación final a los espectadores. Solo la acción del conflicto sería válida, decretando un destierro categórico de lo intelectual y lo meditativo en la representación escénica.

Javier Gomá con Inconsolable quebranta todas esas normas de la preceptiva imperante, causando la consiguiente sorpresa, revuelo, desconcierto. Su protagonista sube a escena rompiendo la cuarta pared, para dirigirse al público de un modo directo con el propósito de reflexionar ante él, no tanto sobre la experiencia de la muerte como en torno una vivencia íntima de la muerte, el fallecimiento de su padre. Tampoco se trata de una figura balbuciente, irresoluta o aquejada de algún tipo de torpeza mental o expresiva. Muy al contrario nos hallamos ante un personaje sumamente lúcido, capaz de verbalizar con exactitud sus emociones y el curso sinuoso que estas toman, dotado del don de la palabra concisa, elegante y sentenciosa, y experto en ascender con fluidez desde sus experiencias concretísimas hasta conceptos generales. Un personaje, pues, fuera de lo común. Un personaje, también, que es como una pedrada que hace añicos la preceptiva reinante -casi incontestable- en nuestros escenarios.

Este singular protagonista estaba abocado por ello a una incomprensión o a su contrario, un deslumbramiento y aceptación acríticos. Pero para no caer en la inutilidad de ambas posturas, es decir, para que la estimación de la obra no se decante hacia la simple descalificación, o su reverso, el incondicional elogio, es necesario afrontarla en los propios términos del experimento escénico que nos propone Inconsolable. Estos no son otros que la ruptura de los límites entre géneros literarios, paralelo a nuestro ocaso generalizado de todo tipo de fronteras. El personaje entrado en la cincuentena que sube a las tablas para compartir con los espectadores una lúcida reflexión sobre la convulsión interior que vivió cuando la guadaña puso fin a la vida de su progenitor, establece un conflicto de jurisdicciones. Esto es lo controvertido, y a la vez lo sorprendente, lo singular e inédito. La experiencia del personaje es dramática, pero su forma de encararla es meditativa y ensayística. Inconsolable lleva a cabo así una originalísima hibridación entre ensayo y drama, donde los perímetros de uno y otro género se quiebran, entrelazan y cruzan con osadía sus respectivos confines.

Un experimento de este calibre da mucho que pensar. Es cierto que el teatro español se ha abierto a otros mestizajes cada día más productivos. Ya no es raro ver cómo un drama incorpora el lenguaje de un videojuego, absorbe formas comunicativas de los smartphones o de las redes sociales de internet. Mayor justificación teórica ha tenido la confluencia del género dramático con el narrativo. Entre nosotros, la teoría y la práctica de esa hibridez ha sido abanderada sin duda por el Teatro Fronterizo de José Sanchis Sinisterra, quien en un posible lapsus verbal acuñó un felicísimo vocablo: “Narraturgia”, donde se daban la mano por sorpresa las ideas de “narración” y “dramaturgia”.

Lo narrativo y lo dramático se compenetran en una impura y fecunda encrucijada cuyo mestizaje proporciona obras de marcada originalidad. Pero no existía este otro cruce de géneros, muchísimo más heterogéneos entre sí. Para Inconsolable, de Javier Gomá, habría que inventar un diferente neologismo similar a “ensayodrama”, “ensayoturgia”, “ensayísticaescena”…, aunque ninguno de estos suene de manera afortunada porque el encuentro de un término acertado posee mucho de lapsus creativo, error venturoso o éxito no buscado que sin duda surgirá en el momento más inesperado.

Los factores de autoficción y de ensayo incorporados a una obra de fantasía que Gomá lleva ahora a escena, vienen siendo explorados en los últimos años por novelistas españoles. Quien sea lector asiduo de escritores como Enrique Vila-Matas o Javier Marías, ya lo habrá comprobado en reiteradas ocasiones. Pero las tablas exigen otros requisitos que la narrativa donde la pieza de Javier Gomá se ve obligada a explorar.

Para dar salida a esa nueva combinación, el autor ha buscado un territorio en el que la mezcla sea fértil. Y ha elegido para ello un recurso clásico muy fructífero en nuestra tradición teatral: el planto. Y más en concreto, tal como se menciona en el propio texto de Inconsolable, el planto o lamento de Pleberio ante el cadáver de su hija Melibea, tras su suicidio por amor, con el que concluye La Celestina, de Fernando de Rojas. Son célebres las palabras del anciano Pleberio: “¡Oh incomparable pérdida! ¡Oh lastimado viejo! Que cuanto más busco consuelos, menos razón hallo para me consolar!” Palabras oídas y releídas por la criatura de Javier Gomá que le conducen a tomar conciencia de “lo inconsolable”, y que, en último término, sirven para titular la pieza: Inconsolable.

Este terreno del “planto”, y más específicamente del “planto de Pleberio” resulta una sabia elección para llevar a buen puerto esa fusión de géneros sin aparente mixtura. Los llantos elegíacos se remiten en última instancia al bíblico Libro de las lamentaciones y han tenido una fecunda trayectoria en la lírica y el teatro español. En el caso de Pleberio en La Celestina, el planto no solo es un lloro sino también el instante de toma de conciencia del personaje del absurdo que ha presidido su existencia. Un monólogo, pues, donde el sufrimiento impulsa a la salida del error. Y este es el esquema sobre el que crece Inconsolable, de Javier Gomá: un llanto por la muerte de alguien admirado y amado que opera como un revulsivo para luchar contra la confusión y el contrasentido y superarlos. Al drama de la pérdida se va superponiendo la reflexión analítica que le otorgue sentido: lo dramático y lo ensayístico se desenvuelven impulsados lo uno por lo otro.

Al considerar lo que es singular y característico del ensayismo, debemos desterrar de inmediato otras fórmulas de reflexión. No estamos ante un pensamiento filosófico sistemático, que fuera sermoneado por un predicador. Tampoco nos encontramos ante ningún tipo de teatro de tesis que inventa una fábula para confirmar una hipótesis ya preconcebida. El factor ensayístico ha de comprenderse en su forma más radical, como un híbrido de pensamiento y literatura que no se ocupa de un discurso abstracto, sino de la vivencia singular e irrepetible de un individuo que medita sobre su experiencia única y cuyas conclusiones son siempre aproximativas, inconclusas, reversibles. Esta manera, un tanto narrativa de pensar. es la que posibilita que el protagonista de Inconsolable padezca y a la vez trate de clarificar su emoción mediante una razón narrativa. Dentro de su juego de autoficción, Javier Gomá crea un personaje que parece tener mucho de sí mismo, pero que en realidad es otro, ajeno, distinto, nuevo. Muy lejano a las fórmulas hegemónicas de lo indeterminado y elusivo propias en Chéjov, Beckett o Pinter.

La carta de presentación de este extraño pero excepcional protagonista es la cortesía. Avanza este al público que no se abandonará a la confesión de escabrosas experiencias ocultas, ni a la vulgaridad de triviales revelaciones de lo intrascendente morboso, cuya cúspide quizá la haya alcanzado hoy la telebasura como heredera bastarda de una tradición literaria romántica. La cortesía de la autolimitación y control de sí mismo de este original personaje, no es, sin embargo, más que una aspiración, cuyo esfuerzo por conseguirla desemboca en varias ocasiones en la derrota de ese anhelo.

La primera fase de Inconsolable, donde en apariencia domina lo expositivo, encierra así un secreto pulso en el interior del personaje que no se llega a verbalizar como conflicto. El director del montaje, Ernesto Caballero, lo visualiza ante los espectadores colocando la habitación del protagonista en una rampa inclinada. Mientras el Hijo nos habla de su padre, al principio con una meditada afabilidad, todos los objetos se perciben, por el contrario, en una tensa inestabilidad, a punto de arrastrarse por el plano escorado hacia un fondo absorbente. Primero los libros, símbolo visual de la sabiduría y aplomo de que hace gala el personaje, y después el personaje mismo, su corporalidad, sus emociones, sus raciocinios, su ser en lucha para no ser empujado hacia esa diagonal que supondría el punto final de su firmeza.

Fernando Cayo encarna magistralmente a este amenazado Hijo, dotándole de infinidad de matices que modulan la humanidad de quien ansía la estabilidad de la razón, pero que no la posee ni domina. Un actor que en títulos como La caída de los dioses, De ratones y hombres, y muy particularmente en Rinoceronte, de Ionesco, también bajo la dirección de Ernesto Caballero, ha venido dando muestras de excepcionales dotes interpretativas que ahora alcanzan un rango de máxima excelencia. Con él experimentamos las fases torrenciales del duelo, pues desde la amabilidad, la lógica y el contrapunto humorístico, emprenderemos un viaje mucho más complejo sobre el sentimiento de orfandad ante el mundo, el combate con fantasmas amados, los reproches que amagan un ajuste de cuentas y que el pudor moral impide, el sentimiento de culpa, el derrumbe de la lógica de la existencia, la entrada en ámbitos irracionales por completo desconocidos y el ahínco por elevarse por encima de esa convulsión que le llevaría a un remolino de sinsentido. El texto de Javier Gomá adquiere una tonalidad muchísimo más humana de lo que pudiéramos imaginar gracias a esta interpretación de gran altura con la que nos subyuga Fernando Cayo.

Tanto más gana la emocionalidad, tanto más inclinada es la rampa por donde acaba rodando todo, objetos y persona, hasta quedar físicamente en un universo al revés. La soberbia dirección de Ernesto Caballero delata un profundo conocimiento de la obra de Gomá y la elección de movimientos escénicos y recursos tanto musicales como visuales expresa de forma sintética y directa la reflexión del Hijo y las fuerzas internas que pugnan por desbaratarla de manera irreversible. La pieza de Javier Gomá, la dirección de Ernesto Caballero y la interpretación de Fernando Cayo establecen un hábil trenzado para transportarnos a ese viaje a través de las emociones e ideas causadas por la muerte cercana.

La puesta en escena de Ernesto Caballero resulta, por cierto, particularmente apta para hacer visible un drama orientado enimentemente a un conflicto interior. Quien siga su trayectoria comprobará que se ha forzado a investigar fórmulas alejadas de sus recursos más queridos. Supone un punto de inflexión en su forma de abordar los montajes. Se trata de una puesta en escena esencialista, depurada como un lienzo abstracto, contenida hasta que la irracionalidad se hace dueña del drama. Abre así una vía de trabajo para subir a las tablas todos esos dramas de la interioridad a los que el teatro de nuestro país no ha sabido dar salida como pueda ser, por ejemplo, el teatro desnudo de Miguel de Unamuno.

El trayecto de la cortesía al vértigo es solo un tramo de este “ensayodramatúrgico” de Javier Gomá. Su monólogo es un planto donde el gemido cobra una hegemonía pasajera únicamente en una fase central del drama, para ser finalmente derrotado por la meditación. Si tomamos como referencia el planto de La Celestina que le ha inspirado el título de la obra, constataremos que su rumbo conceptual es diametralmente opuesto al que expresa Pleberio. Quizá su contrapunto deliberado. El extenso llanto de Pleberio toma partido por un nihilismo final, pues la muerte del ser amado destruye en él la lógica de la vida. Sin duda, a ello contribuye que el héroe de Fernando de Rojas opere sobre unos criterios mercantilistas que la muerte de su hija pulveriza. Javier Gomá, por el contrario, en Inconsolable, elabora, un monólogo cuyo planto no se decanta hacia el sufrimiento total y menos aún hacia ningún nihilismo.

El dolor es aquí motivo de una reflexión sobre valores humanos no mercantilistas que, en definitiva, promueven una vida más intensa y auténtica de quien ha visto de cerca el efecto de la muerte. En La Celestina, Pleberio había acumulado infinidad de riquezas para obsequiar a su hija con una vida pródiga y fastuosa, pero el suicidio de Melibea trastoca esta fortuna en algo desechable y absurdo. El Hijo de Inconsolable ha heredado otras riquezas menos tangibles y con otra valía: un paradigma para su propia existencia que sólo ha logrado desentrañar tras una reflexión sobre la trayectoria vital de su padre. Drama y ensayo han quedado así entretejidos en una fórmula valiosa para la puesta en escena. Inconsolable representa así un experimento sorprendente que descubre nuevos caminos ambiciosos e inesperados tanto para la escritura teatral como para la rehabilitación de una parte de nuestro teatro aún por rescatar.

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