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DESPUÉS DE VEINTE AÑOS

Aida vuelve al Teatro Real

Aida en el Teatro Real en 1998.
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Aida en el Teatro Real en 1998. (Foto: TR)
jueves 01 de marzo de 2018, 14:01h
Actualizado el: 02 de marzo de 2018, 13:47h

Corría 1998. Hacía un año que el Teatro Real había reabierto sus puertas como templo del bel canto después de muchas décadas en ruinas o relegado a servir como sala de conciertos. Ese año el teatro, casi recién inaugurado, programaba Aida. No podía haber elegido un mejor título para el inicio de su nueva andadura, que cuenta ya con veinte años de historia. Este mes de marzo de 2018 vuelve la ópera más famosa de Verdi al Teatro Real de la mano del mismo director de escena, Hugo de Ana, esta vez bajo la batuta de Nicola Luisotti. La decisión de programar Aida esta temporada se inscribe en la apuesta del Teatro Real -inmerso en plena vorágine de la celebración de su segundo centenario desde la pasada temporada- por romper con los dogmas programando obras que están en la frontera del género operístico (Dead Man Walking, Street Scene, Gloriana o Die Soldaten) y al mismo tiempo rendir homenaje al pasado y a su propia historia como teatro con títulos como éste de Aida, de Verdi, Lucia di Lammermoor, de Donizetti, Lucio Silla de Mozart o la ya representada de La Bohème, de Puccini, además de las programadas en versión de concierto (La Favorite, de Donizetti, Thaïs, de Massenet y Ariodante, de Händel).

De Ana, que a lo largo de su carrera ha montado unas siete u ocho versiones distintas de Aida, reconocía ayer, durante la rueda de prensa para la presentación de esta nueva producción, que en los veinte años transcurridos desde aquel estreno tanto los gustos como los medios de que se dispone han cambiado: “hoy se concatenan unas óperas con otras dentro una misma temporada, lo que impone reducir costos y tiempo de ensayos y de montaje…; otro factor determinante es que el material con el que se trabaja es vivo, humano, por lo que está en constante evolución, más en los tiempos que corren.”

Durante la primera época del Teatro Real (1850-1925) Aida se representó con cierta asiduidad. Antes de eso Verdi había tenido que vencer la oposición de los políticos españoles, que por la década de 1860, siendo Concejal de Madrid Manuel Silvela (hijo), veían en él a un provocador y se negaban a programar óperas verdianas, animando, a quienes quisieran presenciarlas, a ir a Italia a hacerlo. Cuando el compositor irrumpió en el mundo operístico, los cánones del buen gusto, especialmente en España, imponían la programación de obras de Bellini, Donizetti o Mercadonte, aparte de los clásicos dieciochescos, como Haydn o Mozart. Pero, para cuando Verdi compuso Aida, sexagenario, con más de una veintena de óperas en su haber, su fama estaba asentada en todo el orbe civilizado. Era una especie de héroe nacional, el ídolo del Risorgimento italiano, prestigio ganado, quizás de forma involuntaria, tras el estreno de Nabucco, que narra las vicisitudes de los judíos bajo la tiranía de Nabucodonosor, en clara alusión a la situación de los italianos bajo el dominio austríaco.

Pese al significado del acrónimo que utilizaba como apellido (es sobradamente conocido que Verdi significa “Vittorio Emmanuele Re d’Italia”), el compositor de Busseto no fue un revolucionario, si bien, supo como nadie poner música a los ideales de todo un pueblo, el italiano. Hoy podría decirse que fue un intelectual si se atiende al hecho de que siempre acertó a retratar los problemas de su tiempo, tanto entre el habitante llano como a nivel estatal u oficial. En el caso de Aida -como en el de Don Carlo- el mensaje es claro: el poder religioso se impone siempre sobre el poder político o terrenal. Pero los retratos que hace Verdi son también psicológicos. En Aida, el triángulo -o pirámide- de carácter amoroso, formado por Amneris, la hija del faraón, Aida, su esclava etíope, y Radamés, comandante de las tropas egipcias contra Etiopía, se entrelaza con el formado por el sumo sacerdote egipcio Ramfis, por Amonastro -rey de Etiopía y padre de Aída- y la misma Aída. El primero presenta a la Aída enamorada; el segundo, a la Aída teniendo que elegir entre su patria de adopción y la que la vio nacer. Lo cierto es que el aspecto intimista en Aida es superior a su faceta de ópera fastuosa y de masas; esta es solo un reclamo para el gran público, una técnica de ventas. Mucha gente –en mayor medida quienes no están iniciados en la música- sabe tararear su Marcha Triunfal. Sin embargo, el material compositivo que rodea el drama interior de Aída, en especial el dúo del último acto, vence claramente cuando se conoce la ópera. En este sentido, si se consideraran aisladamente algunas de sus arias, o ciertos duetti o terzetti, podría afirmarse de Aida que es una ópera de cámara, como ayer mismo reconocía el director musical Nicola Luisotti, director asociado del Teatro Real, donde ya ha dirigido Il Trovatore y Rigoleto, de Verdi, y la Damnation de Faust, de Berlioz.

Aida en el Teatro Real en 1998

También conviene situar Aida en el contexto histórico-científico en el que se compuso. El siglo XIX y el primer tercio del XX estuvieron marcados, en el Arte, por los descubrimientos que se hacían en Egipto: las campañas napoleónicas, el descubrimiento paulatino de tumbas en el Valle de los Reyes, que culminaría con el hallazgo de la tumba de Tutankamón en 1922, fueron acontecimientos de un eco tremendo, que perduraría durante décadas (se lo dice a ustedes quien suscribe, que pasó su adolescencia leyendo las novelas arqueológicas de C. W. Ceram). Estos descubrimientos se produjeron en un momento artístico marcado por el movimiento Sturm und Drang (“Tormenta e Ímpetu”), ideario que surgió como reacción al racionalismo de la Ilustración y que, en España, por ejemplo, determinó la producción literaria de Gustavo Adolfo Bécquer o de José de Espronceda. Es fácil imaginar el impacto que la egiptología produjo en esas “arrebatadas” mentes de los artistas románticos. En este sentido, Aida, compuesta en el contexto de la inauguración del Canal de Suez, sobre libreto de Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle, con la estrecha colaboración del mismo Verdi, sobre un argumento anterior de Auguste Mariette, puede considerarse como un último vestigio, pero también como una culminación, de la ópera romántica, a la que aún seguirían –pese a que muchos pensaron que sería la última ópera de Verdi- Otello (est. 1887) y Falstaff (est. 1893).

El Teatro Real ha querido aprovechar este nuevo estreno de Aida para homenajear al tenor español Pedro Lavirgen, especializado en roles verdianos. Invitado a la rueda de prensa en el Teatro Real, Lavirgen comentó ayer a los medios las dificultades del rol de Radamés: “Aida es una ópera de alto riesgo para el cantante: es necesario combinar el más romántico legato con pasajes tremendamente heroicos. Quizás mi voz no fuera lo suficientemente grande para el papel de Radamés, pero pronto me di cuenta que podía afrontar con éxito ese reto”. En efecto, Lavirgen debutó en el mundo de la ópera interpretando a Radamés en el Teatro de las Bellas Artes de México. Después, en 1976, lo haría en la Escala de Milán. Los años álgidos de la carrera de este tenor transcurrieron cuando el Teatro Real era sala de conciertos y las óperas se representaban en el Teatro de la Zarzuela. El Teatro Real quiere por ello rendirle un justo homenaje.

También es de justicia no terminar estas líneas sin destacar la labor de quien ha sido otro de los mejores intérpretes españoles de Aida del siglo XX, el tenor dramático Francisco Ortiz, cuyo tipo de voz se ajusta a la perfección a los roles heroicos. Ortiz ha destacado en casi todos los roles dramáticos verdianos: debutó como cantante de ópera con Aida, en Praga, en 1968 (ha sido Radamés en nada menos que en 338 representaciones). En la temporada de 1972 fue Attila en el Liceo de Barcelona, papel que también interpretaría en La Fenice de Venecia, junto al bajo Boris Cristoff. En 1975 cantó La Forza del Destino en Ginebra. Ortiz también ha destacado en los roles dramáticos de otros grandes del género: Cavalleria Rusticana, de Mascagni, Tosca, de Puccini… (con más de trescientas representaciones cada una). Pero, sin duda, su caballo de batalla ha sido el rol de Pollione, de Norma, que interpretó en Toronto junto a Joan Sutherland y en Niza con Monsterrat Caballé, superando también con este título las trescientas representaciones. Dedicado a la enseñanza del canto desde su retirada de los escenarios, es muy posible que, cuando la ocasión lo requiera, el Teatro Real rinda también a este internacional tenor español el homenaje que justamente merece.

Hugo de Ana, Pedro Lavirgen y Nicola Luisotti

Aida tiene programadas diecisiete funciones durante el mes de marzo. El estreno tendrá lugar el día 7, miércoles, a las 20:00.

Actividades paralelas:

En torno al nuevo estreno de Aida, se ha planificado un variado elenco de actividades. Aparte de las previstas en el mismo Teatro Real, en el Museo Romántico se impartirá una Conferencia sobre Aida este mes de marzo, a cargo de Víctor Sánchez Sánchez. El Museo Arqueológico Nacional organizará una visita guiada el viernes 9 de marzo, con el tema Egipto (para un máximo de veinte personas). La Real Academia de la Historia participa con un Coloquio sobre la producción del Teatro Real, el Instituto de Historia y Museo Naval acoge una escuela para niños y organiza una visita a las salas relacionadas con la producción de Aida. La Biblioteca Nacional, por tu parte, albergará la exposición Aida, el Egipto imaginado, en torno al ideal decimonónico del país africano, que combinará con un Taller de Caligrafía Egipcia.

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