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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La autora de Las Meninas, de Ernesto Caballero: el mal de la banalidad

Carmen Machi en La autora de Las Meninas
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Carmen Machi en La autora de Las Meninas
viernes 31 de agosto de 2018, 17:18h
No se debe prescindir de que esta magistral pieza, una distopía que mueve tanto a la risa como a la reflexión, vuelva ya a los escenarios, en los que está destinada a seguir cosechando el gran éxito de la anterior temporada.

La autora de Las Meninas, de Ernesto Caballero

Director de escena: Ernesto Caballero

Escenografía e iluminación: Paco Azorín

Intérpretes: Carmen Machi, Mireia Aixalà, Francisco Reyes

Por Rafael Fuentes

Hace unos meses llegaba a Madrid una joya del teatro español más reciente, llamada a ser una pieza de referencia de nuestra dramaturgia contemporánea: La autora de Las Meninas. La comedia había realizado durante el año anterior una gira memorable por toda la geografía española hasta recalar en la sala Valle-Inclán, dentro del Centro Dramático Nacional (CDN). Las funciones se sucedieron en un coliseo a rebosar, el cartel de “no hay entradas” se colgó cada vez con más frecuencia conforme se aproximaba la fecha de clausura del espectáculo. El CDN programa con mucha antelación sus estrenos y, por lo mismo, planifica por igual la retirada de las obras con idéntica anticipación, sea cual sea su suerte. La autora de Las Meninas cosechaba elogios, carcajadas del público, aplausos, debates. Pese a su pleno éxito, y atendiendo al calendario preestablecido, el CDN hubo de echar el cierre para dar paso a las siguientes piezas ya previstas. ¿Y el público que aguardaba verla? ¿Y el ciclo íntegro de un drama de extraordinaria valía y éxito? Cualquier teatro privado habría gestionado con entusiasmo esa notoriedad. Un centro público, en cambio, no puede hacerlo. Algo similar le sucedió hace décadas a la célebre Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez, aunque, al final, aquel atropello se subsanó devolviéndola al circuito comercial y llevándola al cine. Fue rentable hasta en lo más prosaico: en lo económico, además de convertirse en parte de nuestra conciencia contemporánea. ¿No sirve aquella peripecia como modelo para hoy?

La nueva temporada está a punto de comenzar, las programaciones están listas, las oficinas de prensa distribuyen la inminente cartelera. ¿Podrá la burocracia administrativa, con sus trámites reglamentarios, privar a los espectadores de una pieza magistral, con toda su crítica. desde la diversión, al más inmediato presente? En su defecto, el texto se puede leer en la colección “Autores en el Centro”, del CDN. Pero, a pesar de la deliciosa lectura que nos proporciona, su puesta en escena ofrece -como siempre- componentes insustituibles, como es la fuerza del humor y ese tipo de sarcasmo bien medido característico de las creaciones de Ernesto Caballero. Porque La autora de Las Meninas, tal como dice uno de sus subtítulos, es una “fabula distópica”, por lo que al revés de una utopía nos muestra, por el contrario, una sociedad futura sobre la que se ha abatido el desastre, el cataclismo, la catástrofe. El teatro de los autores más jóvenes, con su peculiar milenarismo, ha sido muy propenso a presentar escenarios postapocalípticos, con brochazos terroríficos y atmósferas de pesadilla dantesca. En La autora de Las Meninas ocurre todo lo opuesto. Se trata de una distopía cómica, muy cómica: ¡y ya es de por sí una rara avis encontrarse con una distopía festiva! La hecatombe económica con que da comienzo se manifiesta de tal modo que nos hace reír y reír, con unas carcajadas que poseen una diana directa en la crítica política y cultural. Se agradece, al fin, una distopía sin rostro macabro.

El caso es que la zona euro se ha destruido, la Unión Europea ha desaparecido, hemos vuelto a la peseta, el partido populista “El Pueblo en Pie” ha ganado las elecciones -ninguna formación española se llama así, pero todos sabemos a qué se refiere-, y ante la ruina, no tiene otra ocurrencia que plantearse ir vendiendo los lienzos más famosos del Museo del Prado, como por ejemplo Las Meninas, de Velázquez, con el propósito de invertir sus beneficios en gasto social para los desfavorecidos. El lienzo velazqueño será copiado por la monja sor Ángela, a la que ha dado vida genialmente Carmen Machi. El plan es que sor Ángela y su copia se hagan una celebridad mediática a través de la televisión y los internautas de las redes sociales, hasta el punto de que la población adore a la copista y don Diego de Silva y Velázquez caiga en un cómodo olvido absoluto, o en una total “invisibilidad” como se diría hoy en las publicaciones panfletarias. Este no es más que el comienzo de una descacharrante historia, en la que los sucesvos giros imprevisibles nos obligan tanto a reír como a meditar sobre el sentido de la política, la crítica y el arte. Ernesto Caballero aprovecha cada sarcástico lance para inducirnos a recapacitar en torno al valor de la creación artística, la verdadera falta de estima del poder político hacia esta, la banalización de la estética en una cultura ególatra basada en el espectáculo más vacuo, así como sobre los vínculos civilizadores con el pasado, cuya ruptura causa auténticas perturbaciones vitales sin que tomemos conciencia de ello.

Lo cierto es que el asunto de las fabulosas obras de arte depositadas en el Museo del Prado, entendidas como el alma laica de España, ya las abordó nuestro teatro, pues baste recordar los dramas de Rafael Alberti o de Antonio Buero Vallejo ante el riesgo de su destrucción durante la Guerra Civil. Aunque en realidad no fue ese el trance de mayor peligro para la pérdida de esa alma laica española, sino que esto sucedió más bien en varios momentos cruciales del siglo XIX. Después de que los enciclopedistas lanzasen su dicterio inapelable contra lo español, producto, al parecer, de una raza degenerada, ejércitos franceses y británicos se dieron cita en la Península, redescubriendo asombrados los tesoros del teatro, novela, arquitectura y pintura que se ocultaban en un país al que la Leyenda Negra había tratado de presentar como una nación abyecta. La sorpresa y fascinación fueron mayúsculas. Podrían sintetizarse en la exclamación del joven Benjamin Disraeli al contemplar los lienzos de Murillo en Sevilla: “I believe these Spaniards are the top of the tree”, literalmente: "Creo que los españoles son la copa del árbol", expresión difícilmente traducible a un modismo español que sintetice tan rendida admiración no solo por los cuadros de Murillo, y no solo, tampoco, por la pintura española.

Algo de lo que ya se habían dado cuenta los generales napoleónicos -a quienes no les convencieron los dictámenes de sus compatriotas ilustrados-, llevando a cabo en su invasión un frenético expolio de obras de arte. No olvidemos la deliciosa narración de Pérez Galdós en El equipaje del rey José, con los kilómetros de carruajes repletos de joyas artísticas españolas conducidas en la retirada del hermano de Napoleón hacia Francia, salvadas milagrosamente por su derrota en Vitoria. Providencial rescate del botín en el último minuto. No menos significativo fue que parte del tesoro requisado en Vitoria fuera a parar a casa del general Wellington en Inglaterra, quien al comprobar que había, entre otros muchos, riberas, murillos y tres lienzos de Velázquez, intentó devolverlo al patrimonio español. En este caso, fue Fernando VII el que decidió magnánimamente que se lo quedase sin más -señal del aprecio del poder político hacia las alhajas artísticas de la nación-, pasando a decorar el palacio Apsley House, propiedad de Wellington en Londres, origen de una pinacoteca que abrió el apetito europeo por el arte español. Recordemos que viajes románticos, en la guerra carlista y como el realizado por Gautier a España, tuvieron como primer objetivo prosaico comprar arte barato en la guerra carlista tras la desamortización.

En este contexto, sucedió un episodio poco conocido, investigado recientemente por Luis Garrido Muro en su estudio Guerra y paz. En él documenta cómo Mendizábal planteó pedir en 1837 un empréstito a Inglaterra para sufragar a las tropas liberales contra los carlistas, con el aval del Museo del Prado, cuyas principales obras se trasladarían a Londres. Esto mismo se propuso en una sesión secreta de las Cortes. Fracasada la idea, fueron numerosas las ofertas británicas para hacerse con la totalidad del Museo del Prado, así como con los lienzos de El Escorial. El presidente del Gobierno, José María Calatrava, fue quien malogró la operación in extremis, aunque parte del patrimonio fue adquirido y salió camuflado fraudulentamente por distintos puertos españoles. La idea de vender los tesoros del Museo del Prado ante dificultades económicas no es una fantasía que se le haya ocurrido por primera vez a Ernesto Caballero. Más bien ha sido una realidad que no llegó a culminarse por diferentes azares y el obstinado empeño de algunas personas clave. Esa alma laica de lo español pudo ser robada por los franceses, o comprada por los británicos, o destruida en la guerra. Tantas veces va el cántaro a la fuente…

Volviendo al presente, Ernesto Caballero vapulea toda esa ignorancia que no solo ha perdido la vergüenza sobre su propia incultura, sino que más bien se envanece de ella. Algo que se detecta en amplias capas de la población y que es doblemente peligroso cuando prolifera, como hoy, en los centros de poder político. Cultura y arte no interesan si no es como herramienta de manipulación. ¿Qué ve la directora del Museo del Prado -en esta pieza, Alicia- elegida por su obediencia ciega al dedo que la ha nombrado en el cargo, ante Las Meninas? En sus propias palabras, solo percibe “una exaltación de una monarquía corrupta y degradada como la de los Austrias, pura propaganda, con un pintor paniaguado en la Corte que necesita imperiosamente satisfacer su ego de artista cortesano… Una inaceptable exhibición de personas con deformaciones físicas retratadas para divertimento de la aristocracia, ¿le parece correcto?”.

Por hilarante que resulte esta exhibición de insensibilidad y falta de conocimiento hacia cualquier valor estético del fabuloso cuadro, no dejamos de apreciar que este activismo social, orientado unilateralmente a la agitación, es el que verdaderamente cala en las masas de nuestra sociedad. El falso agravio y su correspondiente aspaviento, cotizan muy alto en las pantallas y las redes sociales contemporáneas. La incultura satisfecha de sí misma y lanzada a la agitación, intuye que goza de muchas opciones para triunfar e imponerse. Y no solo en su desprecio a lo artístico. Al menos en el mundo anglosajón se pararon en seco esas actitudes cuando tocaron puntos neurálgicos de su cultura. Por ejemplo, en el caso de Shakespeare, al que se intentó degradar como hombre blanco patriarcal, racista y colonialista, misógino, al servicio del poder de la Corona, sustituible por cualquier bodrio útil a la propaganda y la convulsión. Se puso en marcha una operación para cortar de raíz esa estafa intelectual. Y ahí quedó instalado hoy Shakespeare en el centro del Canon occidental. La tarea realizada por Harold Bloom no fue un impulso individual, sino una acción colectiva en defensa de unos valores artísticos y culturales. ¿Pero realmente la demagogia populista ha sido desenmascarada en su oscurantismo y ambición de poder? La autora de Las Meninas apunta a que no, porque todas las formaciones políticas, en el espectro desde la extrema derecha hasta la ultraizquierda, caen de rodillas ante el valor económico de la cultura y ante los sondeos demoscópicos de una población banalizada, sumándose al plan de "El Pueblo en Pie". El populismo alérgico a la cultura infecta a todos. Cuenten cuántos políticos asisten a un estreno teatral, más aún si no es una pieza propagandística de su cuerda. ¿Uno, o ninguno? De los poderes públicos no cabe albergar grandes esperanzas, más allá de palabras huecas para la ocasión.

Ernesto Caballero afronta cómo esa trivialización se infiltra también, con frecuencia, dentro de la propia creación artística. La egolatría, el objetivo prioritario de ofender a alguien o injuriar una institución para obtener un escándalo que le reporte notoriedad, impulsa al artista hacia la provocación insustancial. Las grandes creaciones siempre han provocado. Cierto. Pero no cualquier acción provocativa es precisamente una gran creación. Sor Ángela siente así la necesidad de no ser una simple copista, la tentación demoniaca de ser original a toda costa, aun manipulando una copia de Velázquez. Aquí el drama de Ernesto Caballero toma una velocidad vertiginosa, insospechada, tan cómica como crítica. Introduce, genialmente, a un vigilante del Museo del Prado, Adrián, licenciado en Historia del Arte, cuyas dificultades económicas le han abocado a trabajar en una empresa de seguridad. Adrián será la voz diabólica que alentará el egocentrismo de sor Ángela, la alocución nocturna que incitará a la subversión dentro de la propia pinacoteca.

¿Por qué no vamos a ser todos creativos y originales? La copista comienza a estar poseída por el espíritu iconoclasta de las vanguardias, comenzando por el vanguardismo histórico hasta desembocar en las instalaciones más actuales. La velocidad del tránsito de una a otra es desternillante, porque Las Meninas pasan a ser cubistas, surrealistas, dadá, ready-made, expresionistas, abstractas… Y sor Ángela llega a estar incluso poseída por el espíritu de Walter Benjamin para recitar en trance fragmentos de su ensayo La obra de arte en la época de su reproductividad técnica. Es el arte sustentado sobre lo que Theodor W. Adorno denominó la “ideología de la novedad”. Cualquier novedad es tomada por una genialidad. ¿Pero no hay novedades vacuas, insignificantes, insustanciales? Cierto que la originalidad está sobrevalorada, como se afirma en la obra, porque aislada en sí misma solo sirve a la cultura del espectáculo fútil.

Aquí Ernesto Caballero, tras la feroz sátira tanto en lo político como en lo artístico, nos incita a meditar aún más en serio. Aunque elude endosarnos un discurso redentor. Es recurrente escuchar la expresión “la banalidad del mal” acuñada por Hannah Arendt. En este drama se evidencia su reverso: el mal de la banalidad. La banalidad como un mal en expansión. Es muy fácil la provocación epidérmica, lo que crea una apariencia de crítica, cuando, en realidad, estamos ante un espejismo de la auténtica crítica. Se intuye que la creatividad solo tiene un valor crítico y constructivo cuando posee un propósito humanista. Y ese objetivo de una verdadera creatividad parece más viable dialogando con las grandes obras del pasado que negándolas o acuchillándolas para causar un escándalo espectacular.

Esa interpelación humanista hacia las grandes piezas del pasado, que da lugar a otras nuevas -y originales, pero cargadas de sentido-, es la práctica habitual de Ernesto Caballero: así lo vemos en Auto, en interrogación desde el presente a los Autos Sacramentales; Sentido del deber en idéntica actitud a partir de El médico de su honra, de Calderón, Tratos en plática imaginativa con Los tratos de Argel, de Cervantes; Pepe el Romano, en relación con La casa de Bernarda Alba, de García Lorca; La fiesta de los jueces, un pulso con El cántaro roto, de Heinrich von Kleist; Matrioskas, un acercamiento reinventando al Hamlet shakesperiano, entre otras muchas, jalonan la dramaturgia del autor madrileño. Una tensión, pues, entre las grandes obras del pasado y la experiencia humana del más inmediato presente. Son homenajes que trascienden las piezas maestras, en una creatividad que nunca es egocéntrica, algo muy en consonancia, por cierto, con las reflexiones sobre estética de José Ortega y Gasset o de Eugenio d’Ors.

En La autora de Las Meninas no apreciamos un drama clásico concreto con el que Ernesto Caballero entre en una liza creativa. Más bien, el autor ha entablado ese duelo a la vez de homenaje, creación e invención a través de toda la época barroca, sintetizada aquí en el lienzo de Velázquez. El dramaturgo madrileño siempre ha visto una gran sintonía entre el barroco y nuestra postmodernidad, y no se priva de hacerlo constar en La autora de Las Meninas: “Aquí tenemos el duplicado de una dinastía en decadencia que es el ocaso de toda una época… Una ruina generalizada parecida a la de ahora…”

Explorar el barroco le sirve para inspeccionar el fin de una era como la nuestra, lo que significa explorar la aurora borrosa de la siguiente. Ambas épocas tienen asimismo algo fascinante en común: el afán por las apariencias. “¿Dónde está el cuadro?” se subtitula esta pieza. En el lienzo, obvio. Pero, igualmente, en el reflejo en el lienzo del que mira desde fuera. También este exterior forma parte del interior del cuadro. Otro tanto ocurre con la pieza teatral: sucede, sí, en escena. Pero nosotros somos parte sustancial de la comedia. Lo que nos invita, pese a nuestras risas, a pensar desde dentro de ella, en nuestro papel como protagonistas no tan subsidiarios.

Entonces, ¿cómo es posible que las normas administrativas nos priven de tan profunda diversión, de tan regocijada reflexión? No, algo debería hacerse. La autora de Las Meninas debe estar presente en esta temporada. Los espectadores se lo merecen. Búsquense las fórmulas. No se les afrente dejándola fuera de juego, lo que no sería de recibo.

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