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ÓPERA

El Teatro Real inaugura su 23ª temporada con la ópera Don Carlo, de Verdi, y la asistencia de los Reyes

Plano general de la obra.
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Plano general de la obra. (Foto: Javier del Real)
jueves 19 de septiembre de 2019, 14:34h

El coliseo madrileño ha inaugurado una nueva temporada con la llamada “versión de Módena” de la ópera verdiana, con tres (incluso, hasta cuatro) repartos y un escenario minimalista, pero contundente, en el que el teatro ha trabajando durante más de dos meses.

Ayer miércoles los madrileños vivieron una noche de gala operística con la asistencia de los Reyes de España al estreno de la ópera Don Carlo, la última ópera del genio de Busseto, en su versión de Módena, la última de las cinco versiones que los expertos identifican en la producción verdiana.

La historia de la ópera

La ópera se estrenó con el título de Don Carlos en París en 1867. Para esta primera versión, en francés, Verdi tuvo que incluir una serie de ballets, obligado por las exigencias estéticas y protocolarias de la ópera francesa de la época. La segunda versión se estrenaría traducida al italiano en Milán en 1884; se suprimieron los ballets y el primer acto, el –llamémoslo así- “prefacio” de Fontainebleau. Sin embargo, este acto era esencial para la comprensión de la ópera, dado que en él se plantean los sentimientos y los dramas de los personajes principales: Don Carlo -en la ópera hijo del rey de España, pero no heredero al trono- se encuentra por casualidad con su prometida, Isabel de Valois, en los bosques de Fontainebleau y ambos se enamoran a primera vista. A la lógica alegría inicial que les invade cuando ambos revelan su respectiva identidad sigue, en el mismo acto, el que será el drama verdadero de la ópera: Enrique II de Francia, padre de Isabel, acaba de dar su mano a Felipe II tras la firma, en 1559, de la paz de Cateau-Cambrésis, tratado que –como es sabido- puso fin a un largo período de beligerancias entre España y Francia.

Verdi nunca llegó a estar convencido de que la amputación del primer acto de su amado Don Carlo resultara compensada con su menor duración. Por eso, para el estreno de Módena, en 1886, reintrodujo el “Acto de Fontainebleu”. Lo anterior explica que la versión que ahora se representa en el Teatro Real – la llamada “versión de Módena”- sea considerada la más completa y definitiva del autor, y así lo explicaban Nicola Luisotti, director musical en esta producción, y Joan Matabosh, director artístico del Teatro Real, en la rueda de prensa ofrecida con ocasión de este estreno.

Dmitry Belosselskiy, (Filippo II), Luca Salsi (Rodrigo, marqués de Posa).

La ópera en la Historia

El espectador suele preguntarse quién era en realidad el don Carlos de Don Carlo. Una breve revisión de la Historia de España obligaría, en principio, a excluir a don Carlos de Austria, hijo de Felipe II y su primera esposa, María Manuela de Portugal, pese a que vivió en la época en la que transcurre el argumento de la ópera, por dos motivos: el primero, que Carlos de Austria era Príncipe de Asturias, y, el segundo, que el heredero del emperador se caracterizó siempre por su naturaleza débil y enfermiza, retrato muy distinto del vigoroso y supuestamente apuesto don Carlo que retrata Verdi. Sin embargo, existen elementos coincidentes: Como recoge pormenorizadamente Geoffrey Parker en su libro Felipe II: la biografía definitiva, el don Carlos histórico llegó a atentar contra su padre hallándose postrado en cama, ya gravemente enfermo, en un ataque de locura. Los holandeses aprovecharían después este hecho para afirmar que el príncipe don Carlos quería poner fin a la tiranía de su padre frente a los flamencos.

Lo cierto es que la monarquía histórica española no sale bien retratada en la ópera de Verdi; tampoco el estamento eclesiástico. Vemos una España con una sociedad gobernante cruel con sus súbditos en otras regiones del mundo y dominada, a su vez, por la Iglesia. El Gran Inquisidor, un fraile anciano y ciego para quien nadie está libre de la acusación de herejía, es retratado por los libretistas (Jospeh Méry y Camille du Locle), como la representación terrena del mismo diablo. El tema de la lucha contra la herejía está presente en todo Don Carlo. En realidad los autores critican, desde la ventaja de la perspectiva histórica que concede el poder juzgar a una sociedad a una distancia de tres siglos, la opresión ideológica que sufrieron herejes, moriscos y judeoconversos -más allá de los criptojudíos-, mientras gobernó en España la Casa de Austria. Aunque la Inquisición se fundó unos setenta años antes (1478), bajo el reinado de los Reyes Católicos, su actividad se incrementaría mucho en la Edad Moderna, durante los reinados de Carlos V y Felipe II. El ambiente de permanente miedo que vivían las minorías religiosas durante el reinado del primero sería magistralmente retratado por Miguel Delibes en su novela El hereje (1998). Durante Felipe II, además, la Inquisición, con competencia en todos los territorios de la Península, actuó como brazo ejecutor del poder monárquico cuando, más allá de luchar contra los moriscos (la insurrección de las Alpujarras está fechada entre 1568 y 1571), fue utilizada para acallar, por ejemplo, las Alteraciones de Aragón (1591).

Marcelo Puente (Don Carlo) y Maria Agresta (Elisabetta de Valois).

Una escena minimalista a la altura de la obra

En definitiva, los autores de Don Carlo critican con gran crudeza la opresión ideológica impuesta por el binomio Monarquía-Iglesia en la época española que recrea la ópera. El responsable de escena, David McVicar -que para esta producción se ha decantado por un solo escenario, compuesto por bloques y columnas en un frío y a veces glacial gris medio, que va sirviendo de base, con leves modificaciones, para los distintos actos de la ópera- ha sabido plasmar de maravilla la depravación ideológica y espiritual que llegó a alcanzar el binomio Monarquía-Inquisición, situando en el centro del escenario, al final de III Acto - acto en el que la ejecución de los herejes se hace coincidir con la coronación de Felipe II- una colosal cruz en llamas, mientras uno de los personajes clama al Cielo denunciando las atrocidades que se cometen en nombre del Altísimo.

Una convincente ejecución musical y vocal

La actual producción de Don Carlo cuenta con un repertorio extraordinario de cantantes, interpretando, la mayoría de ellos, personajes principales. Don Carlo, ópera verdiana seria por excelencia, es una obra muy exigente, tanto desde el punto de vista vocal y dramático como musical. Luisotti, director asociado del Teatro Real y director musical en esta producción, es un auténtico experto en Verdi; esto ha quedado demostrado repetidamente en Madrid, la última vez con Il Trovatore, en junio de de este mismo año.

Si hubiera que resaltar una ejecución vocal sobre el resto en la representación de ayer, este diario se decantaría por el Coro del Teatro Real, que estuvo espectacular, sobre todo en el apoteósico final del III Acto, arriba descrito.

De los solistas, este diario destacaría la actuación de los bajos Dmitry Belosselskiy y Mika Kares en los papeles de Filippo II y el gran inquisidor, respectivamente. El dúo que ambos personajes mantienen en el primer cuadro del Acto IV es de los más conseguidos de la ópera, por umbroso y escalofriante, capaz que detener el aliento del público.

Maria Agresta, la soprano italiana mas “mimada” -en el buen sentido- del momento, encarnó a la esposa de Felipe II, Isabel de Valois. Agresta se va perfilando cada vez más como una soprano capaz de interpretar roles dramáticos verdianos, pese a que su color, más que de una soprano lírico spinto (desde luego no dramática), sea de una lírica llena. Su saber hacer quedó patente en la contundencia que supo imprimir a los monosílabos en los diálogos, y en los filados (para los profanos, emisión de un tono, normalmente agudo, en pianísimo), por los que la soprano italiana suele optar en aquellos pasajes más comprometidos en los que Verdi parece exigir la emisión de una nota muy aguda y, a la vez, con gran potencia de voz. Esto ya lo hizo en Il Trovatore, el pasado Junio, en Madrid, en el papel de Leonora. Si se ha de comparar su actuación de ayer con la del estreno de Il Trovatore, gana esta última. Agresta comenzó con la voz fría en la première de ayer, lo que quedó patente en el modo de atacar los agudos, sin ligarlos a la nota precedente y a gran distancia de los mismos. Sin embargo, conforme avanzó la representación, la soprano italiana fue ganando enteros, en seguridad vocal y en dramatismo teatral.

Mika Kares (El gran Inquisidor), Dmitry Belosselskiy, (Filippo II).

Marcelo Puente no convenció tanto como Agresta en el papel que le tocó interpretar, el de Don Carlo. Este tenor hispanoargentino, que se ha especializado en roles de lírico spinto, comenzó también con la voz muy fría, lo que dejaba al descubierto un vibratto en las notas agudas superior al que sería deseable, particularidad que fue corrigiendo a lo largo de la función.

Mención especial merece aquí uno de los personajes no tan principales, el de Tebaldo -en la obra, paje de Isabel de Valois-, a cargo de la soprano española lírico-ligera Natalia Labourdette (Madrid 1992), una cantante-revelación que a su joven edad ya ha sido Rosina en Il Barbiere di Siviglia, de Rossini, y Nanetta en Falstaff, de Verdi, entre otros roles, y que ha ganado recientemente el certamen Nuevas Voces Ciudad de Sevilla. Su intervención en el intermezzo (un derroche de gracia y simpatía con el que McVicar puso un contrapunto alegre y jovial a la seriedad de la obra) en el que canta con la princesa de Éboli (a cargo de Ekaterina Semenchuk), fue, una palabra: encantadora.

Don Carlo se representará en el Teatro Real hasta el próximo 6 de octubre. Este diario se congratula de que los días 19, 22 y 28 de septiembre, y los días 2 y 5 de noviembre, la soprano lírico-ligera vasca Ainoa Arteta, que parecía tener cerradas las puertas del coliseo madrileño, vaya a encarnar en esta nueva producción del Teatro Real a la reina de España Isabel de Valois, dentro del segundo reparto de cantantes.

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