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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Crítica. Otoño en abril, de Carolina África: tempestad y bautizo

Crítica. Otoño en abril, de Carolina África: tempestad y bautizo
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lunes 28 de septiembre de 2020, 16:00h
El teatro María Guerrero, del CDN, abre temporada con una excelente pieza, que firma y dirige Carolina África. Las protagonistas de su obra anterior, “Verano en diciembre”, afrontan nuevos retos.

Otoño en abril

Directora de escena: Carolina África

Intérpretes: Paola Ceballos, Laura Cordón, Beatriz Grimaldos, Pilar Manso y Majo Moreno

Lugar de representación: Teatro María Guerrero (Madrid), del Centro Dramático Nacional

La utilización de las cuatro estaciones climáticas como encarnación de experiencias interiores de los personajes proliferó en nuestra literatura simbolista y modernista: baste recordar, en el teatro, Cuento de abril, de Valle-Inclán (1910), o bien al año siguiente Primavera en otoño (1911), de María Lejárraga -aunque firmado por su esposo Gregorio Martínez Sierra-, drama que retomaba cuestiones planteadas en Rosas de otoño, de Jacinto Benavente, estrenado en 1905 al mismo tiempo que Rubén Darío daba a la imprenta su célebre “Canción de otoño en primavera”. Esta coincidencia solo externa y formal con los títulos de dos piezas complementarias de Carolina África, Verano en diciembre (2012) y Otoño en abril (2020), que estos días han subido al unísono al escenario del teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional (CDN), nos obliga a tomar conciencia de la inmensa transformación experimentada por el realismo simbólico en nuestra escena.

Todos los títulos hacen uso del simbolismo de los meses y las estaciones del año para expresar paradojas y contrasentidos en la resolución de profundos problemas emocionales de sus personajes. En Rosas de otoño, de Benavente, y Primavera en otoño, de Lejárraga, sus dilemas psíquicos desembocan en conflictos conyugales de los matrimonios protagonistas de ambos dramas, con infidelidades, agravios y faltas hasta que se opera la reconciliación de los esposos gracias al moralismo de un amor que se impone en el crepúsculo de la juventud. Dilemas maritales que heredaban de la alta comedia del siglo XIX y que se difundieron a través de todo el siglo XX, llegando algunas de sus trayectorias hasta nuestros días.

En Verano en diciembre y Otoño en abril, de Carolina África, los problemas matrimoniales o de pareja quedan en un tercer o cuarto plano, subrayando así su carácter residual. Las antítesis sentimentales de las protagonistas de ambos dramas libran su batalla en relación consigo mismas. No buscan ningún remedio en los otros, sino que asumen como algo propio el solventar sus contradicciones y desafíos, cuya sentencia final se sustenta en decisiones exclusivamente personales. La solución nunca llega ahora a través de una figura masculina y sus dádivas paternales. Tampoco sirven de mucho los antiguos moralismos superficiales que nos ofrecían recetas genéricas para cualquier tipo de persona, fuera cual fuera su circunstancia concreta. Menos aún el moralismo del amor como bálsamo de Fierabrás capaz de reparar toda afrenta y servir de antídoto a frustraciones de toda índole. El teatro de Carolina África mira, por el contrario, los problemas frente a frente y nos presenta a personajes que deben superar las excusas con que se autojustifican para no asumirlos en toda su crudeza y frecuente crueldad. Esa durísima toma de conciencia solo es el paso previo para la difícil conquista de uno mismo y orientarse así hacia lo que sus habilidades y sueños le hacen desear. Nada de recetas globales o colectivas, sino severas líneas de acción distintas para cada una de las protagonistas. Comparado con el realismo simbolista de hace un siglo, el de Benavente o María Lejárraga, constatamos que los nuevos dramas de la joven autora poseen la misma calidad formal, pero se han aproximado con mayor veracidad a las disyuntivas reales de la mujer, y obtienen un grado muchísimo más alto de autenticidad. Los actuales dramas de Carolina África han depurado finalmente a nuestro realismo simbólico de cualquier legado de la vieja ideología edulcorante de la alta comedia que lo contaminó durante casi dos siglos, para afrontar ahora la existencia de nuestros días sin enmascararla o endulzarla con ninguna falsa doctrina consoladora.

El estreno de Otoño en abril ha aceptado con valentía el reto de abrir temporada en el CDN tras la suspensión causada por la pandemia, afrontando cualquier recelo causado por estas especiales circunstancias. Se trata de una pieza teatral magníficamente construida donde se da continuidad a los personajes que vieron la luz con Verano en diciembre. Abril en otoño posee una acción autónoma, y se puede disfrutar y comprender en sí misma. Aunque los espectadores dispondrán de una perspectiva con una mayor profundidad de las protagonistas de la obra si deciden asistir a la representación de la precedente Verano en diciembre, también en cartel en el CDN. Cuando analizamos en estas mismas páginas Verano en diciembre, hace ya varios años, sentimos en ella una evocación rectificadora de la lorquiana “casa de Bernarda Alba”. Al igual que en la tragedia de Federico García Lorca, en Verano en diciembre solo contemplamos en escena a mujeres de una misma familia, recluidas en la morada del clan. Ese encierro lo preside una madre de mentalidad autoritaria que trata de imponer su potestad sobre las hijas, a la vez que Martina, la abuela entrañable con dificultades mentales -como la María Josefa lorquiana en La casa de Bernarda Alba-, a través de sus aparentes trastornos, expresa las verdades ocultas no verbalizadas por las demás mujeres de la casa. Entre las hijas, sojuzgadas por un rosario de prejuicios, se recorre la escala de actitudes que va desde consentir a disgusto las imposiciones maternales hasta la abierta rebeldía contra ellas.

En este campo de acción análogo al lorquiano, la joven dramaturga introduce inteligentes rectificaciones a cualquier desenlace trágico. Los muros físicos y el presidio social de la casa ideada por Lorca, son ahora una tiranía emocional de todas las protagonistas que les atenaza desde dentro, no desde fuera, en una opresión que exige un combate en el interior de sus corazones. El poder de la madre, Teresa, ha sido sobrepasado en todas las direcciones y sus enojos y arrebatos son producto de su impotencia para ejercer el mando sobre sus hijas. En ellas, sin embargo, se ha inoculado a través de generaciones un arraigado sentimiento de culpa, que no obedece a ninguna falta o infracción, sino a una oscura autoinculpación por el deseo de perseguir sus propias aspiraciones, lo que origina un profundo miedo ante los sueños y aspiraciones que anhelan alcanzar. La pugna entre cada una de las hermanas obedece a una esfera de discrepancias entre personalidades y gustos sociales divergentes. Pero el verdadero conflicto de Verano en diciembre se libra dentro, en el alma de cada una de ellas, entre la culpa injustificada y los temores irracionales frente a las metas y esperanzas en la forma de vivir que ambicionan y por la que suspiran. Este auténtico conflicto de fondo dota a la obra de una complejidad que traspasa y va mucho más lejos que cualquier costumbrismo social.

Paloma parece la más atenazada por la culpa y el miedo, Carmen disfruta de una existencia acaudalada pero es la más caótica en determinar la línea a seguir, mientras Alicia sí se ha marcado el claro objetivo de llevar una vida creativa como pintora, aunque las duras condiciones para conseguirlo desencadenan en ella otro tipo de duelos interiores. Erradicados los amores funestos y explorados los combates personales de cada una de ellas, la acción no avanza de forma inexorable hacia un final trágico, como en Lorca, sino que deja abierta una realizable esperanza en cuanto la lid de cada una consigo misma puede vencer sus pánicos internos, trazar un proyecto vital propio y poner en él toda la voluntad y arrojo necesarios para convertirlo en realidad.

Esa perspectiva de hacerlos viables inoculan en los sucesos más desdichados contrapuntos humorísticos, a través de los cuales se percibe el principio de esperanza, la semilla de certidumbre, de ilusión y optimismo que subyace en toda la obra. En este sentido se puede considerar una rectificación lúcida al atroz drama lorquiano. El gélido e inclemente “diciembre” de sus vidas, puede dar paso a un cálido, fructífero y deleitoso “verano” en todas ellas. Metáfora central de la pieza. Su viaje en diciembre al verano argentino, dejando atrás sus herencias más siniestras, constituye la parábola con que se expresaba ese cambio esperanzado.

Ahora, en el nuevo drama, Otoño en abril, se nos muestra el retorno de este grupo de mujeres a su lugar de partida, tras su simbólica experiencia veraniega austral, para recomenzar sus existencias. Por los personajes han pasado solo cuatro cortos meses, pero, como declara la propia Carolina África en una entrevista en estas mismas páginas, en la vida de la autora han pasado ocho años y eso le anima a hacer que sus protagonistas inicien otros combates: “Son otras las batallas emocionales con las que hago lidiar a estas mujeres”, nos dice. La dramaturga traza este nuevo impulso de sus criaturas sorprendiéndonos a la vez que mantiene una línea de continuidad coherente con cada una de ellas. No se debe olvidar que Carolina África no es solo la escritora que ha creado el texto dramático, sino también la directora de escena que lo ha puesto en pie sobre las tablas, la que ha estado al frente de la producción y a la que solo un azar personal le ha impedido interpretar a uno de los personajes de la obra, Alicia. Estamos ante una mujer de teatro que consagra su creatividad a todas las perspectivas de una representación, como artífice del texto dramático, como productora, como directora de escena y autodirectora de sí misma y como actriz que encarna sus propios escritos, una actividad polifacética que le permite una comprensión emocional íntegra de todos los complejos resortes que animan a los seres que crea.

Ante todo, en Otoño en abril ha dejado de tener relevancia el oprobioso pasado que se remontaba a generaciones anteriores en la precedente Verano en diciembre. La abuela Martirio no sale a relucir en ningún instante. La cadena generacional de mujeres que vivió la II República, que sufrió la Guerra Civil, que padeció la dictadura franquista y tuvo que luchar por cambiar la situación en la nueva democracia, ha quedado asumida y superada. Las expectativas se dirigen a afrontar los retos del más inmediato presente para levantar la vista únicamente hacia nuevos horizontes de futuro. Incluso Teresa, la madre, ha dejado de actuar de forma autoritaria, para pasar a ser solo irascible. Las peleas -y reconciliaciones- son continuas, pero las lides reales poseen ahora un carácter intrínsecamente personal de cada una de ellas consigo misma.

Menos que nunca, en esta tesitura, pueden existir prescripciones genéricas ni formularios comunes para cada una de las hermanas de la pieza. Alicia, que inicia su andadura como creadora en las artes plásticas, arrostra la inclemente experiencia de una maternidad en solitario. Embarazada de un hombre casado que no piensa romper su matrimonio y que no tiene más entidad que el eco de una sombra, la joven pintora ha de hacer frente a una gestación de alto riesgo, dolorosa y con el peligro de perder su propia vida, o la de su hija, o la de ambas a la vez. La maternidad queda despojada de esa aura ideológica de un amor solícito que todo lo puede y que se sobrepone a cualquier contratiempo. Es bueno subrayar que la dramaturgia de Carolina África elude toda grandilocuencia y posee su primer punto de apoyo en incidencias tomadas directamente de la vida cotidiana. Esto ha llevado en ocasiones al lamentable error de considerar que estamos ante una acción costumbrista. Y nada más lejos de la realidad. La autora posee un talento excepcional para construir hondas metáforas a partir de episodios menores extraídos de la experiencia corriente. Es el caso, por ejemplo, de los artefactos para medir la tensión o los extractores de leche materna. Las dificultades de Alicia con estos últimos para bombear leche de sus pechos tras el parto, más que un percance costumbrista, encarna un símbolo de los fuertes impedimentos de Alicia con sus emociones maternales y los afectos hacia su hija. Las exigencias que estos imponen en contra de los planes trazados, ponen a prueba la verdadera fortaleza de la pintora. En pesadillas, o a través de juegos escénicos, la niña recién nacida adquiere la apariencia de un pollo que hay que preparar para el asador, carne cruda para tareas desabridas, producto del corral humano en contacto con lo más primitivo y rudimentario, unido todo ello a la angustia por perder a la niña o causarle cualquier mal. Es importante apuntar aquí que Carolina África incrementa en esta obra los sucesos simultáneos en la escena e introduce por primera vez en su dramaturgia esos recursos de inmersión en la mente del personaje que nos permiten visualizar sus delirios y congojas, en una diversificación de la línea de acción que no pierde, sin embargo, su fluidez e inmediata comprensión. En Alicia esta desmitificación de la ideología tradicional sobre la maternidad pone de manifiesto el auténtico peligro donde dar a luz signifique doblegar a una mujer y hacerle renunciar a sus proyectos e ideales como persona. Un verdadero riesgo de despersonalización tan inadmisible como frecuente. El amor a su hija se muestra así más veraz, despojado de cualquier doctrina embecelledora.

Alicia se encuentra, pues, en el preludio de ser una persona nueva, y esto representa una aurora, un renacer, una primavera que da comienzo precisamente en “abril”. Pero con unos costes que hacen pensar en un final de trayecto, en un crepúsculo, en un otoño. De ahí el simbolismo del título que combina el “otoño” con el mes de “abril”.

Los dilemas de la hermana mayor, Carmen, son de otra índole, pues los ingresos gracias a su matrimonio le ponen a salvo de cualquier carencia. Ella quiere un proyecto propio, y el gran problema es que no sabe cuál. Su salvaje independencia se enreda con su descorazonadora superficialidad. Quizá por eso, en Otoño en abril, Carmen se ha volcado en las redes sociales como Instagram o Youtube, donde presenta una digital vida perfecta, muy alejada de lo real. Esto hace incompatibles a Carmen y Alicia -banalidad frente a sinceridad-, en duras colisiones que no dejan de tener reversos cómicos, pues en la obra de Carolina África el dolor y el humor andan siempre enredados en un juego sin fin. Las limitaciones de Carmen pasan por ser reconocidas antes de reaccionar. La autora recurre brillantemente a un pasaje del Evangelio de san Mateo para avisarnos de que si se tiene un talento -aunque solo sea uno y precario-, hay que emplearlo a fondo.

La evolución, por último, de la hermana más joven, Paloma, la más atenazada por los temores e inseguridades, resulta más esquemática, pero a la vez implica el más claro emblema del drama. Entre otras muchas cosas, Paloma padece amaxofobia, miedo a conducir. Espera muchos regalos, pero como nadie acierta con el obsequio satisfactorio, se agasaja a sí misma con el máximo regalo que pudiera soñar: superar su fobia, vencer su pavor a conducir, poner la llave de contacto, arrancar el automóvil y comenzar a circular. Otro detalle extraído de la cotidianidad que nada tiene que ver con el costumbrismo ni las autoescuelas, pues obviamente lo que ahora sí ha conseguido Paloma es arrancar su propia vida y ha empezado a conducirla por sí misma. Se agradece infinitamente que Carolina África no aleccione sobre ello con ningún parlamento ni disertación educativa, usando -como es frecuente en nuestro teatro-, el escenario como un púlpito. Muchísimo mejor que nos presente hechos, solo hechos, y que cada espectador piense por sí mismo y saque sus propias conclusiones sin sufrir ninguna catequesis.

Igual puede decirse del juego del paraguas en la escena final y la lluvia de abril que arrecia dentro de la casa. Los aguaceros primaverales se asemejan en ocasiones a las borrascas de otoño que preludian un inclemente invierno. Las tormentas se desencadenan con facilidad en los comienzos de una nueva trayectoria y su rigor puede hacernos flaquear o incluso renunciar a nuestras esperanzas. Esa lluvia no es solo desapacible, sino que personifica una situación vulnerable y precaria a la intemperie. Pero esa tromba de agua implica también una desinfección, un lavado espiritual, una ablución que libere de pesadas cargas del pasado. Una limpieza, pues, psicológica, un bautismo de cara a una nueva vida. Descartando cualquier fácil idealización, de todo esto nos habla con fabulosa elocuencia Otoño en abril. Un canto de esperanza que no omite las espinas del renacer.

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