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HASTA EL 27 DE NOVIEMBRE

Dvořák cautiva al público del Teatro Real con su ópera más famosa, Rusalka

Dvořák cautiva al público del Teatro Real con su ópera más famosa, Rusalka
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(Foto: Monika Rittershaus (Teatro Real))
sábado 14 de noviembre de 2020, 01:14h
El jueves la obra del compositor Antonín Dvořák cautivó al público del Teatro Real, con su sugestiva y envolvente música postromántica, evocadora del más profundo acervo cultural checo.

El Teatro Real presentó esta semana la ópera Rusalka, del genial compositor del siglo XIX Antonín Dvořák (1841-1904), considerado el principal representante musical del nacionalismo checo. Los intervalos, los ritmos, la dinámica…, todo en Rusalka recuerda a Chequia; también el argumento, que, pese a pretender ser fantástico y onírico, delata, en su hilo argumental, arraigadas costumbres de la sociedad del país centroeuropeo: el respeto a la familia, al origen, el castigo por quebrantar las reglas del clan…, y también la escena. Esta, que corrió a cargo del no pocas veces polémico Christof Loy, (de la mano del escenógrafo Johannes Leiacker, de la iluminación de Bernd Purkrabek y del vestuario de Ursula Renzenbrink) se desplegó, deslumbrante, ante los ensimismados espectadores sin escatimar en imaginación, ya que supo albergar dentro de un mismo espacio escénico (un evocador y decadente gran salón que lo mismo podría haber sido la antesala de un antiguo cine que el vestíbulo de uno de los muchos palacios diseminados por esa zona de Europa, la Bohemia Occidental) la cama de Rusalka -en esta producción una hada de las aguas coja-, el lago donde vivía con sus hermanas las hadas y su padre, a un ciervo herido en el bosque, el bosque mismo, una fiesta palaciega y hasta una bacanal, con estriptís de una de las bailarinas incluido; todo con mucho gusto. Pero ni siquiera estos dos últimos elementos de la puesta en escena aliviaron el mal regusto por tiempos pasados del Teatro Real, que ahora parecen perdidos, en los que el público acudía a un estreno relajado y dicharachero, generalmente muy bien vestido, para luego compartir una cena en los alrededores del Teatro, o asistir a un cóctel, días aquellos mucho más amables que los que ahora vivimos con la permanente pesadilla del Coronavirus.

Esta fobia generalizada a la pandemia parece alcanzar ya a todo y a todos, tanto que quizás muchos asistentes a la première de ayer -que han pasado de la noche a la mañana de ser simples espectadores a convertirse en una especie de superhéroes dispuestos a morir mártires de su pasión por el bel canto- quizás no se dieron cuenta de que el príncipe hizo su aparición en escena ataviado con unos oportunos guantes de goma negros, a juego con su traje, de los que tuvo el buen gusto de desprenderse en el último acto, el de amor, y muerte, en brazos de Rusalka (entre otros motivos porque ha estaban cantado muy cerca el uno del otro).

En realidad, los guantes anti-Covid pasaron casi inadvertidos al lado de la sobrevenida cojera del tenor, que decidió representar la función de ayer pese a haber sido intervenido hacía pocos días de su tendón de Aquiles. Sin embargo, no queda ahí la cosa, porque, paradójicamente, Cristof Loy ha introducido deliberadamente en esta producción el detalle de la cojera de Rusalka, su pareja en la ópera, de forma que, con ambos personajes principales ataviados con sendas muletas cada uno, no me negaran los lectores que el resultado fue de lo más anecdótico.

Pero la anécdota no se limitó a los guantes de goma del tenor ni a las muletas de ambos protagonistas. En el último acto, el tercero, Ivor Bolton dejó de dirigir. Enseguida pudo oírse como hablaba en inglés con uno de los músicos, quizás con uno de los celistas. El público quedó perplejo por esta aparente osadía de Bolton - ¡el mismo día del estreno! -, pero tras la oportuna explicación, en inglés, del Director, agradeció el gesto -honrado, hay que reconocerlo, y a la altura de su profesionalidad- con un sincero aplauso. Al parecer existía un desfase temporal entre su dirección, en el foso, y la emisión de la misma dentro del teatro (aquí estaba cantando el coro interno), debido a la transmisión por circuito cerrado, de modo que los movimientos de Bolton no llegaban en tiempo real. La consecuencia fue que el coro cantaba justo a mitad del tempo, à contre-pied o a contrapié, con lo que a la cojera de soprano y tenor hubo que sumar la del coro, esta vez no por razones escénicas ni de enfermedad, sino técnicas.

Estas simpáticas anécdotas no deslucieron ni un ápice la representación de ayer; al contrario, pusieron un toque de interés y humor en medio del pesimismo general imperante y quien escribe confiesa que se repitan anécdotas de este tipo con las que el público pueda sonreírse recordándolas mientras dure la crisis sanitaria.

A cargo de las voces principales estuvieron, como Rusalka, la soprano Asmik Grigorian (en el segundo reparto cantará Olesya Golovneva), Eric Cutler como el príncipe (en el segundo reparto, David Blutt Phillip), como la princesa extranjera, Karita Mattila (en el segundo reparto, Rebecca von Lipinski), como Vodník -padre de Rusalka y las otras hadas del lago-, Maxim Kuzmin-Karavaev (en el segundo reparto Andreas Bauer Kanabas), y, como la hechicera Ježibaba, Katarina Dalayman (en el segundo reparto, Okka von Damerau).

De todos los cantantes destacó la voz de Asmik Grigorian. Esta soprano lituana cantó extraordinariamente bien el aria principal de la ópera, en el Acto I, la célebre Canción de la Luna. Dotada de una potencia y una oscuridad sorprendentes -aparte de muy seguros agudos-, pese a ser una soprano spinto, Grigorian ha sido Violeta en La Traviata, de Verdi, Madama Butterfly, de Puccini, en la Real Ópera Sueca y Manon Lescaut, también de Puccini, en la Opernhauss de Fráncfort. Ayer Grigorian no solo cantó, también bailó de puntas, y se cayó numerosas veces en el escenario, maniobras que no la distrajeron de su tarea principal, pese a que en el Acto III, su voz ya acusaba cierto cansancio. Y es que interpretar a Rusalka, durante más de dos horas y media que dura la obra, es una proeza, pese a que el compositor checo, consciente de la dificultad, previera que durante parte del argumento la ninfa debía de permanecer muda.

No faltaron al estreno de ayer nacionales checos, centroeuropeos o bálticos, como prensa o como espectadores, que supieron compensar el esfuerzo multifacético de la soprano en la puerta de artistas, a su salida. Ella, agradeció, tímida pero sinceramente, las muestras de cariño, ataviada con un centelleante vestido de lentejuelas plateado, a juego con su personaje, y, en el brazo, el enorme ramo de flores recibido al final de la representación.

Rusalka se representará en el Teatro Real hasta el próximo 27 de noviembre.

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