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Ensayo

Fernando Castillo: Un cierto Tánger

domingo 03 de enero de 2021, 15:32h
Fernando Castillo: Un cierto Tánger

Confluencias. Almería, 2020. 234 páginas. 12 €.

Por Carlos Abella

Hay ciudades en el mundo que gozan de una leyenda, de un extra de atracción a los ojos del resto de la humanidad, y este interés legendario está basado en muy distintos elementos que finalmente le otorgan un perfil propio, claramente identificado y con capacidad de seducción sobre otras urbes, más modernas, mas lógicas, más limpias, más cosmopolitas. Y una de esas ciudades es Tánger cuya atracción se asocia a la que tuvo Shanghái, Beirut, o Viena en otro concepto.

En este delicioso libro, Un cierto Tánger, su autor, Fernando Castillo, afirma en la página 13 “que desfilan acontecimientos, lugares, objetos, escritores, artistas, y libros, formando un mosaico tangerino con ese tono claroscuro que caracteriza a la ciudad”. Y más adelante nos traslada una impresión estética cuando señala que Tánger atesora “olores anacrónicos”, que son “el olor a mar, a zoco de especias, a perfumes de ámbar, y verbena, a pescado, carne, y cuero, unos olores anacrónicos que se unen al ruido de los coches y motos, nos advierten que esto es Tánger”· (pág., 23).

Con Un cierto Tánger Fernando Castillo, ha escrito algo mucho más que un libro de viajes, porque con una serie de retratos en blanco y negro consigue ratificar y confirmar el carácter de una ciudad de leyenda. Otro de los ingredientes de Tánger que ha suscitado su leyenda literaria es su capacidad de atracción a todo el cúmulo de escritores, refugiados, exiliados, gentes de mal vivir a la busca de placeres prohibidos, de la práctica de contrabando, que ha llevado a que Tánger fuera el símbolo de una ciudad abierta, dispuesta a incorporar en sus calles, en sus bares, hoteles, y callejuelas toda esa suerte de atracciones.

Castillo describe con rigor histórico y agilidad literaria en dieciocho capítulos la literatura que ha generado Tánger, destacando la novela de Angel Vázquez La vida perra de Juanita Narboni, la más acartonada descripción de Paul Bowles en su novela Déjala que caiga publicada en 1952, y un muy especial libro Hotel Tánger escrito por el novelista Tomás Salvador. Vázquez fue ganador del Premio Planeta en 1962 con un novela de original título. Se enciende y se apaga una luz. Es especialmente interesante el capítulo XII que Castillo dedica al poco conocido episodio de la ocupación de las tropas de Franco en 1942 al hilo del dominio del ejército de Hitler en Europa y que de alguna manera pretendía hacer realidad alguna de las utópicas reivindicaciones que la diplomacia española albergaba sobre el norte de África y que suprimió de hecho el estatuto de ciudad internacional, y los protectorados de Francia y de la propia España. Derivada de esta “invasión”, y con el objetivo de estimular la presencia de España y la propaganda franquista, se crea en 1938 el diario España concebido con un moderno diseño, y con un contenido muy potente en temas internacionales, bajo el auspicio del Alto Comisionado, Juan Beigbeder, y que es en los años de coincidencia con la II Guerra Mundial cuando alcanza su apogeo bajo la inicial dirección de un periodista de excelente talante como era Gregorio Corrochano, que fue años después critico de toros del diario ABC

Como ocurrió en otros escenarios de los primeros años del franquismo, Corrochano se rodeó de periodistas y escritores de talante liberal, y de más de un refugiado republicano, e incluso de alguno que habia salido de la cárcel recientemente. Ubicado inicialmente en un local del número 35 del Boulevard Pasteur después de instalaron en otro del Paseo de Dr. Cenarro nº 44, chaflán con el maravilloso Teatro Cervantes, que es uno de los emblemas de la presencia española en Tánger, hoy pendiente aún de una definitiva remodelación que lo salve de la cruel demolición. A Corrochano el sucedió entre 1949 y 1952 Joan Estelrich, nacionalista catalán y mallorquín, que habia sido agente del Servicio de Inteligencia que habia organizado Francesc Cambó, y a éste Manuel Cerezales, escritor liberal y católico, y esposo de la novelista Carmen Laforet que fue objeto de una clamoroso homenaje en la ciudad organizado por Emilio Sanz de Soto en esos años cincuenta al que asistieron entre otros Paul Bowles, el político catalán Josep Andreu Abelló, el historiador Herbert Southworth y el pintor Julio Ramis. En 1960 fue nombrado director el escritor Eduardo Haro Tecglen, otra prueba de la cierta “liberalidad” con la que dentro del franquismo se movían determinados criterios pues no era precisamente un afecto a la causa franquista. Haro dirigió España entre 1960 y 1967 y a él le sucedió Manuel Cruz al que ya correspondió una etapa crepuscular. En los primeros años de este diario, colaboró el dibujante y pintor Andrés Martínez de León, otro refugiado político que habia sido encarcelado por Franco en los primeros años de la posguerra.

Castillo reconstruye este episodio, añadiendo nombres de los redactores que por una u otra razón colaboraron en la confección de España como -entre otros- el dramaturgo Tomás Borrás, el escritor Tomás Salvador, el periodista y critico teatral Alfredo Marquerie que fue uno de los asistentes al homenaje que en 1944 se ofreció a Manuel Rodríguez “Manolete” en el mítico restaurante Lardhy, otros colaboradores fueron Juan Bellveser, que fue muy amigo de César González-Ruano y corresponsal en París de los periódicos Informaciones y El Alcázar, Manuel Cantarero del Castillo, el periodista y escritor Juan Antonio Cabezas y el filólogo y académico Alonso Zamora Vicente.

Influido por la pluma de Patrick Modiano, Castillo acierta a visibilizar en varios capítulos la prolífica suerte de personajes curiosos por distintas razones que han acreditado su pertenencia al Tánger “canalla”, entre ellos destacan espías, contrabandistas, refugiados de varios países de centro Europa, y entre ellos destacan -según Castillo- el diplomático francés Paul Morand que se refugió en Tánger huyendo de su condición de embajador del gobierno de Vichy, la “mítica mujer fatal”. Marga d’ Andurain, natural de la ciudad de Bayona, que según Castillo era una espía doble -para Francia e Inglaterra- y que desapareció en 1948 cuando navegaba por el Estrecho con su yate. Otro “personaje” fue el belga Willy Verstringe, cercano a los movimientos ultraderechistas belgas, y que es el padre de Jorge Verstringe. Otro escritor que disfrutó de los placeres ocultos de Tánger fue Cesar González- Ruano, y Castillo también ofrece una larga relación de creadores y personajes que en un momento u otro aterrizaron en la ciudad norteafricana, atraídos por las tentaciones ya descritas, como fueron Jack Kerouac, Gore Vidal, Allen Ginsberg, Juan Goytisolo, Luis Escobar, Jean Genet, Truman Capote, Tennessee Williams, Francis Bacon, y el ya citado Paul Bowles, que convirtió su visita en una larga estancia.

En una palabra, Castillo atina plenamente al concluir este libro con la reflexión acertadamente escrita por Eduardo Haro Tecglen, ( página 233) “Tánger no defrauda , ni siquiera al que se obstine en buscar los restos de la generación beat, de los brillantes refugiados de la posguerra o de los chicos malos de los sesenta en los cafés, bares, clubs del entorno del Boulevard Pasteur o entre las palmeras del Minzah y el Ville de France, que milagrosamente aún perviven, al menos de momento”.

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