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Novela

Elizabeth Strout: Luz de febrero

lunes 21 de junio de 2021, 00:44h
Elizabeth Strout: Luz de febrero

Traducción de Juanjo Estrella. Duomo. Barcelona, 2021. 368 páginas. 18 €. Regresa Olive, el gran personaje creado por la novelista norteamericana, con cuya primera entrega, Olive Kitteridge, se alzó con el Premio Pulitzer. Ahora, en la hora del declive. A sus setenta años, jubilada y viuda, Olive hace balance, siente el final, pero no quiere renunciar a los últimos destellos de la vida, a la luz de febrero. Por Carmen R. Santos

Ha señalado Fernando Aramburu que “lo más valioso de Elizabeth Strout es la sutileza con que explora los recovecos de la condición humana”. En efecto, la escritora norteamericana (Portlan, Maine, 1956) manifiesta una sorprendente habilidad para descubrir lo mucho que se esconde en lugares, situaciones y personajes que aparentemente no tienen nada especial. Pero resulta que, en realidad, sí lo tienen, si se sabe bucear en ellos. Es lo que hace Strout al convertir el pueblecito ficticio de Crosby, en la costa de Maine, en un singular microcosmos que consigue alcanzar un significado universal. En ese universo, Stout sitúa a sus criaturas, entre las que destaca la maestra de matemáticas Olive Kitteridge, Conocimos a Olive en la novela titulada precisamente con el nombre del personaje, Olive Kitteridge, que le valió a su autora numerosos galardones, entre otros el exigente Premio Pulitzer, y obtuvo una extraordinaria acogida entre crítica y lectores. Su novela se adaptó a una miniserie televisiva, que obtuvo seis premios Emmy.

Luz de febrero se concibe como una continuación de Olive Kitteridge, pero se puede disfrutar de su lectura sin habernos adentrado en las páginas de la entrega anterior. Aunque, seguramente, si usted se acerca a la producción de Strout por primera vez a través de la novela que ahora se publica, se quedará con ganas de conocer en sus otras peripecias a la muy particular Olive, encarnada maravillosamente en la serie por Frances McDormand

Olive no ha tenido una vida fácil. Aunque muy comprometida con su labor docente, tuvo un hijo problemático, Christopher, fruto de su matrimonio con el farmacéutico Henry Kitteridge. Ahora, en Luz de febrero, a sus setenta años, ya jubilada y viuda, mantiene intacto su carácter. Un carácter fuerte, que, sin embargo, no le libró de sufrir episodios de depresión, e irascible, que no ha dejado de convertirla a los ojos de muchos en una figura antipática. Sobre todo porque jamás se muerde la lengua ni teme decir las verdades del barquero siempre que lo considera necesario. La muerte de su esposo fue un duro golpe y también siente la añoranza de haber tenido más hijos: “Habría querido tener cinco hijos. Y aún pensaba que ojalá los hubiera tenido, porque Christopher era… ¡Ah! Olive notó el peso de la verdadera tristeza, un peso que sentía desde que Henry había tenido la embolia, hacía cuatro años, y desde su muerte, hacía ya dos. Sentía cómo si el pecho se le hundiese por ese peso”.

Porque bajo su apariencia de dureza, Olive es sensible y echa de menos el amor. Al igual que le sucede a Jack Kennison, exprofesor de Harvard, que mantiene una pésima relación con su hija, lleva muy mal la soledad desde que enviudó de Betsy y está sumido en un sentimiento que bebe de la culpa: “Solo entendía una cosa: que se merecía todo lo que le había pasado. Se merecía estar llevando en ese momento una compresa para las pérdidas como consecuencia de su operación de próstata; se lo merecía. Se merecía que su hija no quisiera hablar con él, porque durante años él no había querido hablar con ella. Su hija era lesbiana; y eso aún le provocaba cierta sensación de incomodidad. Pero Betsy no merecía estar muerta. El que merecía estar muerto era él, pero Betsy no”.

El encuentro, no fácil pero deseado, entre Olive y Jack –“He visto a gente de 70 años enamorarse y es algo maravilloso”, ha confesado Elizabeth Strout-, encuentro de dos soledades, hila las distintas historias que aparecen en Luz de febrero, que tiene cierto aire de novela coral, sumergiéndonos en las alegrías y las penas, las frustraciones y los breves instantes de algo parecido a la esquiva felicidad de los habitantes de Crosby.

Para Olive es la hora del balance, de comprender que “ella también iba a morir. Y eso le resultaba extraordinario, asombroso. Hasta ese momento nunca lo había creído de verdad. Pero después de todo su vida casi se había acabado. Su vida se hinchaba tras ella como una red de pesca, repleta de toda clase de algas inútiles y pedazos rotos de conchas y de todos aquellos peces centelleantes y diminutos: los centenares de alumnos a los que había dado clase, las chicas y los chicos del instituto con los que se cruzaba en los pasillos cuando ella misma era alumna –muchos de ellos, la mayoría, estarían muertos ya-, los miles de millones de vetas de emociones que había sentido contemplando salidas y puestas de sol, las manos de las camareras que le habían servido tazas de café… Todo había terminado, o estaba a punto de hacerlo”.

El inexorable paso del tiempo, la llegada del ineludible declive no se nos trasmite, sin embargo, con angustiosa ansiedad. La sutileza de Elizabeth Strout -autora también, entre otras novelas, de Amy e Isabelle, Me llamo Lucy Barton, y Todo es posible-, lo envuelve en una suave tragedia, en esa luz que a veces nos regala febrero. Luz de febrero, título muy acertado, más sugerente que el original: Olive, again.

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