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VITTORIA MAJANI

Crónica gastronómica. La costa Amalfitana y el restaurante Don Alfonso 1890

Ernesto Iaccarino y Rafael Ansón en Don Alfonso 1890.
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Ernesto Iaccarino y Rafael Ansón en Don Alfonso 1890.
viernes 16 de julio de 2021, 22:43h

La costa Amalfitana es uno de los lugares más bellos de Europa y del mundo. Recibió, en su día, la denominación de Magna Grecia, y era lugar de veraneo de los Emperadores de Roma.

Desde el golfo de Nápoles hasta el golfo de Salerno, cuenta con algunos de los espacios naturales más bellos del planeta y una serie de lugares, de recuerdos, de edificios, que son absolutamente singulares. Entre ellos, uno de los hoteles más exclusivos: el San Pietro.

Por tierra o por agua, cada 500 metros las rocas escarpadas varían en forma y color y la salida y la puesta de sol dan lugar a escenarios maravillosos.

Don Alfonso 1890


En ese marco histórico, cultural, natural y paradisíaco de este continente se encuentra Don Alfonso 1890, en Sant’Agata sui Due Golfi, un restaurante que, como su propio nombre indica, se creó en 1890 y que alcanzó su máximo esplendor con Alfonso Iaccarino.

Hace unos días recibí un escrito de una estudiante de 22 años de la famosa Escuela de Hostelería de Lausanne, en Suiza, que acababa de estar con sus padres celebrando un cumpleaños en Don Alfonso 1890.

Me parece tan interesante lo que le sugirió la experiencia a Vittoria Majani –hija de los dueños y directores de uno de los mejores chocolates de Italia, Majani–, que he querido recoger el texto, íntegramente, a continuación.

Vittoria Majani

“Con motivo del 50 cumpleaños de mi madre, mi familia y yo hemos decidido probar el aclamado Don Alfonso 1890 en Sant’Agata sui Due Golfi.
Mi querido amigo Rafael Ansón, gran experto gastronómico, me contó elogios del restaurante, con 2 estrellas Michelin, y de su experiencia personal.
La mía fue una experiencia de 360​​°, desde la muy cordial bienvenida en la entrada, hasta la visita de la bodega histórica al final de la comida. El servicio prácticamente impecable, sin perder ese sentimiento italiano y hogareño que amo con locura.
Dos ambientes

Pudimos disfrutar de los dos ambientes del restaurante, tanto el externo como el interno, ya que nos brindaron la opción de poder tomar el postre en el patio interior, bajo una elegante pérgola con un ambiente romántico y cálido. En cambio, encontré la habitación interior bastante fría y anónima, con una iluminación demasiado blanca. Todo amueblado, hay que decirlo, con mucho gusto y clase.
Armonía de los platos

Encontré el menú muy equilibrado en la relación entre los platos de carne y pescado. Me encantó el primero, porque todo tenía sabores familiares y tradicionales, como la salsa de carne, el queso, el tomate y la albahaca y, si hay algo que aprecio en lugares como este, es cuando encuentras ese toque hogareño en cada plato.
Por el contrario, el protagonista de mi segundo plato, un estofado de ternera, había sido cocinado con diferentes “especias orientales” (como me describieron) que, en mi opinión, prevalecían demasiado en la boca, ocultando el sabor de la carne y de todos los demás ingredientes del plato, en general, muy contundentes. Toda la parte del postre fue una experiencia de 4 platos: el pre-postre, el postre en sí, el post-postre (mignardises) y la tarta, que nos ofreció el restaurante inesperadamente para el cumpleaños de mi madre (gesto que me pareció muy elegante y simpático). Lo acompañamos todo con un vino tinto de la zona, muy bueno y fácil de beber.
El arte de la sala

Estuvimos muy bien atendidos y mimados durante toda la cena. Siempre hubo el tiempo perfecto entre un plato y otro, lo que hizo que la velada fuera agradable y no demasiado larga, como suele ocurrir en otros restaurantes con estrellas, donde cada minuto que pasa, de las 3 horas de servicio, lo sientes pesado.
La bodega

Al finalizar la cena Mario Iaccarino, hermano del chef Ernesto Iaccarino y jefe del comedor, nos invitó a visitar su reconocida y rica bodega de 25.000 botellas. Y debo decir que valió la pena.
Lleno de historia y auténtico encanto, nos dejó a todos asombrados. Mario fue el anfitrión perfecto: amable en el punto correcto, educado y hospitalario.
También nos ofrecieron varios productos de la mini “boutique” y tuvimos la oportunidad de felicitar al chef Ernesto antes de partir.
En resumen, fue un hermoso viaje, con un destacado respeto a la tradición y a la verdadera y exclusiva hospitalidad Made In Italy. Una atención al detalle y un poema en todo lo que hacen. Lo que anima a que uno quiera volver pronto”.

Vittoria Majani

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