Lo ahorcaron tal día como hoy, un 16 de octubre, pero de 1946. Se llamaba Alfred Rosenberg y era un tipo peligrosísimo. Alemán del Báltico, había nacido en Reval -la actual Tallin- en 1893, cuando la ciudad pertenecía al Imperio de los Zares. Comenzó a estudiar arquitectura en Riga, pero, con ocasión de la Gran Guerra, trasladaron la escuela politécnica a Moscú y allí obtuvo el título de ingeniero. Sin embargo, lo que de verdad atraía a Rosenberg era el pensamiento racista, el espiritualismo pagano y la mitología germánica.
En la Alemania convulsa de la posguerra, proliferaban los grupos ocultistas. En agosto de 1918, Rudolf von Sebottendorf (1875-1945) fundó en Múnich el Grupo de Estudio de la Antigüedad Alemana, que después pasaría a llamarse Sociedad Thule. En realidad, el más interesado por la búsqueda de los antiguos germanos, cuya pureza racial se reivindicaba, era el propio fundador. La mayoría de sus seguidores se sentían más atraídos por el antisemitismo que esa pureza racial encubría. Al año siguiente, en 1919, Anton Drexler (1884-1942), miembro de la Sociedad, fundaría junto a Karl Harrer (1890-1926) el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP), germen del futuro partido nazi.
En ese ambiente de irracionalidad, superstición y obsesión antisemita, Rosenberg encontró un terreno abonado para sus ideas. La Sociedad Thule compró en 1918 el semanario Münchner Beobachter (“El observador de Múnich”), que al año siguiente pasó a llamarse Völkischer Beobachter (“El observador popular”). En 1920, la publicación se convirtió en el órgano de expresión del NSDAP y allí comenzó a colaborar Rosenberg. En 1921, Adolf Hitler compró todas las acciones de la sociedad editora y se hizo con la cabecera. Para 1923, el periódico se publicaba a diario, Rosenberg estaba al frente como editor y tiraba 25 000 ejemplares al día. Era un instrumento de propaganda formidable.
En sus páginas, encontramos todos los temas que, años después, inspirarían las líneas maestras del régimen de terror que el III Reich impuso en la Europa ocupada: el racismo, el antisemitismo, la pureza de la sangre, la conquista del “espacio vital”, el mito de la “Marcha hacia el Este” (“Drang nach Osten”), la guerra contra el cristianismo, etc. En 1930, Rosenberg publicó “El mito del siglo XX” (1930), que tal vez sea junto a “Mi Lucha” (1925), del propio Hitler, el libro más representativo del pensamiento nazi.
Sin embargo, había un punto en el que Hitler y Rosenberg discrepaban ligeramente: aquel daba mayor importancia a la pureza racial entendida en el sentido biológico, mientras que Rosenberg insistía, además, en la pureza espiritual que, según él, caracterizaba a los arios y los alejaba de las formas degeneradas de la cultura. Para Rosenberg, el cristianismo era culpable porque había permitido que los judíos controlaran el mundo. El mito de la conspiración judía mundial obsesionaba al autor ya desde sus libros de 1919 “Las huellas de los judíos a través de los tiempos” e “Inmoralidad en el Talmud”.
Como parte de su ofensiva contra católicos y protestantes, Rosenberg fue el inspirador del llamado “Cristianismo positivo” y el movimiento de los “Cristianos alemanes”, que trataron de cohonestar el pensamiento nazi con ciertos rasgos culturales del cristianismo. Tuvo cierto éxito, bastante limitado, entre los protestantes y cosechó un fracaso notable entre los católicos. La oposición al “Cristianismo positivo” se articuló en torno a la Iglesia Confesante, nutrida en buena parte de protestantes, y a obispos católicos como Clemens August Graf von Galen, obispo de Münster. Rosenberg quería construir un cristianismo a la medida del III Reich, es decir, un cristianismo sin Cristo.
Sin embargo, Rosenberg no se dedicó sólo al pensamiento, sino que tuvo una participación directa en las políticas de ocupación y exterminio en Europa. Después de la Caída de Francia (1940) organizó el saqueo de las obras de arte propiedad de los judíos franceses. Entre 1941 y 1945 ocupó la cartera del Ministerio del Reich para los Territorios Ocupados del Este. Él fue quien trató de atraerse a los ucranianos para la causa del Reich presentando a los invasores alemanes como liberadores del yugo soviético. La explotación de las reivindicaciones nacionalistas ucranianas y del odio a los soviéticos granjeó simpatías hacia Alemania en el verano de 1941. Sin embargo, la brutalidad de la ocupación y el racismo hacia los eslavos que profesaban los nazis revelaron el verdadero rostro del III Reich. Rosenberg terminó preterido por Erich Koch (1896-1986), el comisario del Reich para Ucrania, que murió cumpliendo cadena perpetua en Polonia después de que le conmutaran la pena de muerte. Otro día habrá que recordar su siniestra figura.
También Rosenberg acabó juzgado, pero a él lo condenaron a muerte por crímenes contra la paz, guerra de agresión, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Lo ejecutaron junto a Keitel, Jodl, Kaltenbrunner and Frank.