Antonio Tocornal ha publicado las novelas: La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (XXII Premio de Novela «Vargas Llosa» 2017), Bajamares (XIX Premio de Novela «Diputación de Córdoba» 2018), Pájaros en un cielo de estaño (Premio «Valencia» de Narrativa en Castellano Alfons el Magnànim 2020) y Malasanta (XLI Premio de Novela «Felipe Trigo» 2021 y finalista del «Premio Andalucía de la Crítica 2022»).
En todos los relatos de Cadillac Ranch, desde los más fantásticos (como ese «En el paréntesis del mundo», donde una covacha no deja de ensancharse o ese otro, «Un pueblo pequeño y pintoresco» donde al narrador le crece un pueblo en la palma de su mano) hasta los de textura más realista (como «Hanami, la muerte es amarilla dorada», donde un jardinero decide encerrarse en su casa rodeado de plantas o «Tal vez un hogar», en el que un directivo de un banco no consigue salir de su coche de alta gama); en todos sus relatos, digo, tengo la sensación de que transmiten experiencias de vida. Y con tal nivel de cómplice intensidad que en ningún momento dudo hayan sido escritos para mí. La primera persona desde la que sus voces narradoras hablan, desde luego, favorece mi cercana identificación con el relator de cada cuento. ¿Hasta qué punto situaciones vividas por el propio Antonio Tocornal pueden estar tras lo que refieren esas quince voces empleadas en esta obra?
Muchas de las situaciones que se narran en estos relatos parten de vivencias reales en primera persona. El profesor sádico que aparece en el relato «Cadillac Ranch» existió; todo lo que el narrador cuenta sobre él me pasó a mí con doce años; solo cambia su nombre. La primera mitad del relato «Lo insólito» es cien por cien fiel a la realidad; precisamente hasta que se introduce el elemento insólito del que toma el título; en ese relato se explica bastante bien cómo brotan mis cuentos. Gran parte de lo narrado en «Cundi Macundi» me sucedió de forma muy fidedigna hace treinta años en una estancia por trabajo que pasé en la República Dominicana. Allí se dieron, décadas antes de
que comenzase a percibirme a mí mismo como escritor, situaciones muy literarias que Alejo Carpentier no habría dudado en encuadrar dentro de lo «real maravilloso». Recuerdo perfectamente conducir un coche alquilado y recoger a dos travestidos que hacían autostop en mitad de la noche y de una ciénaga desierta, y tener que detener el coche de madrugada en la entrada de una población, en la frontera con Haití, porque el cadáver de un caballo cruzado en la carretera impedía el paso, y cómo un rato después, ya deambulando solo por las calles del pueblo, ver que en cada una de las esquinas había un cartel muy humilde que decía «se hacen ataúdes», y que detrás de cada casa se oía un serrucho, como si todos en aquel pueblo estuviesen sincronizados marcando un mismo ritmo mientras construían ataúdes ocultos tras los muros. Al menos es así como yo lo recuerdo. No fue hasta muchos años más tarde que me di cuenta de que estaba viviendo en un escenario literario y que el mundo entero lo es si se mira con las gafas adecuadas; con unas gafas literarias.
En abundantes momentos encuentro un humor profundo circulando bajo el relato y dando apoyatura a su trabazón dramática. Y, asimismo en no pocas ocasiones, mi sonrisa brota del heroico empeño de quienes actúan con sensatez dentro de un entorno absurdo o desquiciado. Aplicar la lógica en sitios donde no tiene derecho de suelo siempre genera efectos cómicos. Pero en el relato «Negros literarios» (con el que a modo de bonus track cierra usted Cadillac Ranch) su tono humorístico es buscado. Por vez primera y única en este libro, para mostrar el proceso creador de su propia obra, la obra de Antonio Tocornal, recurre a situaciones muy cómicas de por sí. ¿Cómo despliega usted ambos tipos de humor –uno indirecto y otro más directo–, jamás falsos ni destinados a enturbiar, menos pretendiendo buscar baratas complacencias, a la hora de afrontar sus ficciones?
¡Qué va! Si yo el humor no lo despliego queriendo, al revés: trato de domarlo para que no me coma. Si comparamos una novela o cualquier obra narrativa con un carruaje tirado por caballos a los que llamaremos Estilo, Trama, Voz, Ritmo, Lírica, etc., el caballo Humor es el más salvaje de todos. Puede tirar de los demás o puede desbocarse si te descuidas y causar un accidente. Yo trato de apaciguarlo siempre que aparece. Si quedan restos de humor que no he llegado a podar en mis relatos no es porque yo los busque; no hay nada más patético que un escritor intentando hacerse el gracioso; es porque yo veo el mundo muy negro, y el humor es una especie de filtro involuntario que traigo de serie para enfrentarme a él sin que me devore. No puedo prescindir del todo de él porque es así como funciona mi cerebro. Creo que el humor en literatura ha
de ser una herramienta discreta, nunca un fin, porque si adaptamos el resto de elementos para darle acomodo al gag, al chiste, estaremos entrando en terreno del cómico o del monologuista desplazando a la lírica. En cuanto al bonus track que es el relato «Negros literarios», se agregó literalmente al final, cuando ya el libro estaba maquetado y listo para enviar a la imprenta, porque tras releer las galeradas no quise que el lector se quedase con un sabor agridulce tras finalizar el libro, pero también —y esto es fundamental— porque desde hacía tiempo me reconcomía la culpa y quise honrar a la verdad y confesar públicamente que la autoría de mis escritos en realidad no me corresponde a
mí; que yo en realidad me limito a transcribirlos. Lo incluí por justicia y para acallar mi mala conciencia; la honestidad ante todo.
Dos relatos de este libro, además de interesar y crear desconcierto, como los otros trece, me transmiten enseñanzas de inmediata aplicación. Hablo del ya citado «Tal vez un hogar», protagonizado por ese consejero bancario, y también de «Cara de mujer con tres ojos», donde un pintor consigue inesperado éxito gracias a un boceto cuyo motivo pictórico se verá obligado a repetir a su pesar. ¿Ha pretendido dar un toque de atención a trabajadores y artistas obsesionados por triunfar en sus profesiones, o en ambos cuentos sus advertencias derivan de la propia dinámica literaria? Por otra parte, Ernesto Sabato avisó: «La misión de la literatura es despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo». ¿Englobaría su seria y rigurosa obra (por otra parte tan disfrutable a la hora de leerla) dentro de esa llamada de atención propuesta por el autor argentino?
Dios me libre de dar toques de atención a nadie o de intentar despertar a nadie de nada. Quién soy yo para eso. Si la literatura es para mí una forma de ordenar un mundo en el que me siento perdido o desplazado, para poder por momentos ubicarme en él y encontrarle un sentido, imagínese lo lejos que estoy de pretender explicarle a nadie cómo tiene que vivir su vida. Esos dos relatos no son más que los retratos de dos situaciones de las que he sido testigo o incluso he padecido en más de una ocasión: en «Tal vez un hogar» se habla de los bloqueos inexplicables que todos hemos experimentado alguna vez en la vida, como la dificultad para salir de la cama una mañana o para acudir a determinada reunión, y en «Cara de mujer con tres ojos» se habla del peso que los condicionantes externos como la retribución necesaria tienen sobre los que nos dedicamos a cualquiera de las artes, y sobre nuestras propias debilidades al dejarnos someter por ellos. En el mundo editorial, por ilustrarlo con un ejemplo, es muy común que los editores pretendan dirigir lo que escriben sus autores e incluso fijarles plazos de entrega; yo no sería capaz de trabajar de esa manera. En ambos relatos hay una actitud de conformismo. En cuanto a la segunda parte de la pregunta, no puedo estar de acuerdo con Sábato. Yo no tengo certezas como las suyas. No puedo saber cuál es la misión de la literatura, pero estoy casi seguro de que no responde a un deber hacia terceros, y ni siquiera creo que su función didáctica sea fundamental. Creo que, sea lo que sea, tiene más que ver con una búsqueda personal, aunque admito que esa búsqueda, si se lleva con rigor y con honestidad, puede servir a determinados lectores a ahorrarse ciertas reflexiones porque ya se las encuentran maduras. Ese es el milagro de la lectura, el permitirnos apropiaciones del camino recorrido por otros, como si fuésemos un único
cerebro conectado por redes neuronales que se alimentan mutuamente.
Flaubert escribió: «El defecto general de los poetas es la extensión, como el defecto de los prosistas es la vulgaridad, lo que hace a los primeros aburridos y a los segundos repugnantes». Por su extensión, el autor de cuentos se acerca más a la musicalidad de la poesía. Quizá la impresión musical de los relatos sobresalientes, enteramente original hasta convertirse en una sensación inextensa, incorpórea, convierta a este complicadísimo género en algo artísticamente superior a otras expresiones prosísticas… Hasta ahora Antonio Tocornal ha sido conocido por cuatro novelas de gran calidad y que van siendo degustadas, cada vez más, por esa rara avis que es en España el lector con criterio. Su magnífica y cuidada prosa, ¿ha encontrado mayor dificultad a la hora de hacer surgir la música (a veces delicada, otras salvaje) en su inaugural libro de relatos?
Es que yo no hago distinciones en mi forma de enfrentarme a un relato con respecto a mi forma de enfrentarme a una novela. De hecho, cuando empiezo a escribir un texto o un fragmento de narrativa, a menudo no sé en qué se va a convertir; si es carne de papelera, si se va a convertir en un relato o si acabará siendo el fragmento de una novela. El proceso es el mismo de forma independiente a la extensión, y la intención es también idéntica. Intento no meter elementos innecesarios o de relleno o de adorno, e intento permanecer minimalista en cuanto a la inclusión de los elementos necesarios de sustentación de la trama. Cuando ya sé que lo que tengo entre manos es una novela, a menudo meses o años después de haber comenzado, intento cuidar el estilo en cada frase de la misma manera que si pensase que estoy con un microrrelato. Creo que en el fondo soy un cuentista al que a veces le salen novelas de forma casi milagrosa. Por otra parte, si he tardado tanto en publicar un libro de relatos ha sido porque he hecho bastantes intentos de seleccionar y ordenar relatos —entre los muchos que tengo— buscando que los cuentos dialogasen entre ellos y le diesen sentido al conjunto, pero siempre fracasaba. Siempre encontraba algún desequilibrio que me hacía abandonar la empresa. Espero haber acertado esta vez.
Los tremendos peligros de viajar a países extranjeros son mostrados con crudeza en «Cadillac Ranch», «La misión» o «Cundi macundi». Según nos cuentan otros narradores de este libro, también hay riesgos a la hora de afrontar un cambio de residencia, como «En el paréntesis del mundo», o, incluso, en el sube y baja habitual de quienes viven en un dúplex: «Ya no hay luciérnagas». El célebre pensamiento de Pascal (el 136) dice exactamente así: «La desgracia de los hombres proviene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación. Un hombre que tuviera suficiente para vivir, si supiera permanecer en su casa placenteramente, no saldría de ella para ir al mar o para sentarse en una plaza». ¿Está de acuerdo en que, a pesar de su a veces insufrible monotonía, compensa no moverse y quedarse en la casa de cada uno?
Jon Fosse dijo recientemente en una entrevista, con motivo de la concesión del Premio Nobel, que prefería vivir de la manera más aburrida posible. Esa afirmación debió de impactar al entrevistador de El País, porque la eligió como titular. Se ve que Fosse leyó a Pascal. Yo tampoco tengo certezas muy firmes en cuanto a eso. Sí le puedo contar que hace treinta o cuarenta años me apetecía mucho ir a países exóticos, a fiestas multitudinarias, conocer todo tipo de gente estrafalaria, y de hecho lo hacía. Escribí una novela autobiográfica sobre aquellos años locos de juventud que pasé en París y la titulé La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie. Ahora prefiero estar en mi casa con mis perros y mis libros. Prefiero dormir a salir de noche. Dormir es sin duda lo mejor de la vida; mientras duermo, me pasan cosas extraordinarias, y además amanezco en mi cama, aunque espero que no le tiente extraer esta frase de su contexto para usarla como titular. Prefiero abrir un libro antes que pasar veinte horas en un avión para tener la ilusión de «conocer mundo». ¿Qué es eso de conocer mundo? ¿Qué sentido tiene pasar un día con una tribu perdida del Congo cuando no conocemos ni a nuestro vecino de descansillo y además ya tenemos El corazón de las tinieblas? ¿Qué puedo encontrar en un hotel de la Riviera Maya si hay más México en un viaje a Luvina o a Comala sin levantarse de la butaca? ¿Qué me puede contar a voz en grito sobre una música estridente un artista de vanguardia en una fiesta en un loft de Manhattan que contenga más verdad que la que encuentro en un poema de Gamoneda? Debe de ser la edad. Sí; seguro que es la edad; no me haga caso. En fin, gracias por la charla y discúlpeme si me he enrollado demasiado.
Antonio Tocornal (foto de Martine Heyvaert)