La vida está marcada por las decisiones tomadas y por aquellas que no se llevaron a cabo. Las primeras tuvieron su tiempo, quedando en la memoria de quienes las protagonizaron o vivieron. Las segundas quedan en la imaginación, en el espacio para las cosas que una vez fueron posibles y que ahora ya no pueden ser: “Cómo habría sido todo si…” Con su segundo poemario, Anotar lo extinto (RIL editores), Eduard Farràs Núñez (1987) nos trae ambas interesantes cuestiones que ahondan en lo filosófico partiendo de lo lírico.
Desde el prólogo a la obra, Krysztof Katkowski se pregunta “cómo se puede describir lo que se ha extinguido”. La poética apocalíptica y la reciente ecopoesía lo han intentado, en buena parte vertiendo la “nostalgia” sobre un “objeto concreto” —tal vez amoroso, como sucede con la poesía trovadoresca—. La pérdida de un ser querido —simbólica y a la vez concreta— o el nihilismo que lleva a refugiarse en el arte, comporta siempre la marca de la “tristeza”. Para el prologuista, “la singularidad” de Farràs está en ese “‘mal del siglo’ que “abraza, intentando que lo ausente, lo inexistente sea aceptado y comprendido”. Hay “una vuelta a la tradición pero sin tradicionalismo” —sorprende ese contraste entre el mundo del pasado y el moderno—, pues la intención del poeta es realizar “un viaje hacia sí mismo”. También se menciona una “poética de la imagen” a lo Gaston Bachelard, debido al predominio de lo evocador o reflexivo a través de lo visual. Se “canta” el fin de una época, una forma de ver las cosas que se extingue, además de aludir a “lo que nunca existió” en relación a lo autobiográfico. Lo que forma al ser humano desde su inexistencia. He aquí donde las imágenes se hacen todavía más poderosas por su capacidad para completar los poemas mediante su sugestión.
El volumen se constituye en cuatro apartados cuyos títulos parecen emular una investigación de corte académica. El primero de ellos, Sobre el estado de la cuestión, es el más extenso con 31 poemas y contiene —como en todo estudio que se precie— una síntesis de lo que representa el mundo desde sus orígenes hasta la actualidad bajo los parámetros analizados. De este modo, se radiografía la sociedad y al individuo desde lo autobiográfico, mostrando su esplendor y progresiva desaparición a través de sus acciones consumadas y no realizadas. A modo de apertura, una cita de Albert Caraco alude al tiempo romano del circo de Bizancio: espacio físico y simbólico donde sus asistentes buscaban olvidar los verdaderos problemas que les acosaban. Así, esa sociedad del mundo antiguo se convierte en la presente para recordarnos que estas preocupaciones —de las que buscamos evadirnos— no nos olvidan, permaneciendo en nuestra mente. Así, el poeta enmarca el espíritu de su obra en este fragmento ajeno que la precede, mezcla de imagen histórica y de característica psicológica común al ser humano de cualquier época. Dicha cuestión humana queda personificada en el poeta y volcada en esta obra.
Nuestra herencia cultural se abre paso en el poema inaugural Neogénesis lacrado, donde se denomina tradición “al pórtico sustentado / por dos pilares estrictos, aunque afables” —llamados “tótems” o “puntales”—. En esta construcción penetra la “fragilidad del viento” generando fisuras, carcomiendo y haciendo migajas al “más sabio” de los dos soportes. Un mundo cada vez más arruinado, donde poco importa el conocimiento. Hay un “eclipse” que embadurna de alquitrán o sombra el mundo y deja invidente al individuo (Ceguera sin párpados). En Simulacro de perfección se reivindican los elementos verdaderamente deseables en el individuo —“bondad”, “locura”, “sueño”, “duda”— que pueden servir de “máscara” a otra belleza más superficial, haciéndola humana. Frente a lo ideal en las personas surge lo ingrato con el paradigma del “peregrino”, quien “matará al posadero y no / se hospedará en el hostal” (Atentar contra el cobijo). También el engreimiento provoca la “metástasis social”. La libertad de Delacroix “ya no guía al pueblo”, quedado mutilada (“se le ha practicado una mastectomía”).
Un primer elemento cuya extinción está anunciada desde su principio es la infancia. En ella se tejen los primeros contactos con el mundo y las primeras decepciones con lo que no llega a materializarse. Después llegarán las primeras decisiones, necesarias para la independencia y a su vez para la escisión con esa etapa: “Cuando eres joven debes / aprender a atarte los zapatos. // Así, cuando seas adulto, / sabrás deshacer el nudo / que te amarra a la cuna”. Mediante un paralelismo con la fundación de América, en Lógica de barras y estrellas el poeta refiere a la pérdida de nuestros orígenes y su sustitución por una nueva cultura mediocre, la cual erosiona los sentimientos buenos y puros de aquellos a quienes conquista. El mundo actual manipulado por quienes gobiernan —espejo de nosotros— ha rebajado su abundancia “con / una mezcla de precariedad, / dependencia e insalubridad” (Saldo vital). No obstante, esas heridas que infringe la vida deben ser mostradas con orgullo, siendo símbolo de resistencia y supervivencia (Ostentación humilde). La sonrisa puede ser uno de los mejores bastiones para soportar el “embate” del maltrato de los demás (Se le ven las intenciones). Así se resiste en la “morada divina”, que ha sido violada por “cuatro mendigos: // Conquista. / Guerra. / Hambre. / Muerte” (Ni la vigilia se ha salvado). En este lugar habitado y donde la edad va minando expectativas, no cabe fiarse ni de las amistades: “Volátil es la amistad / apoyada en las técnicas / de la arquitectura efímera” (No han estado ni estarán).
Referíamos a la modernidad como oposición a la tradición dentro de esta obra —o como complemento necesario y enriquecedor—. En Rito de paso se nos presenta la edición de coleccionista de un videojuego que no es sino una pálida sombra de lo que representó para quien lo disfrutó en la juventud: “híbrido de laboratorio / nacido de la nostalgia y del asco. // Es una quimera, / y macerará con las demás en la estantería”. Esa necesidad de encontrar el yo del pasado joven e “imberbe” surge con Peter Pan adulterado. Pero no es conveniente duplicar lo que ya ha sido porque lo que surge no es genuino, sino una imitación (Copia sin modelo de la técnica). Surge el temor a hacer algo nuevo, saliendo de la Zona de confort. Por ello, la vida puede llegar a ser un simulacro de aquella que debía haber sido, como en Eterno retorno del aquí: “Siempre rompías el cristal / para saltar en la penúltima parada. // Hoy subes al último convoy. // La ruta circular te sujeta / al carril del no será”. La imposibilidad de vivir más allá de uno mismo se complica por la dificultad en la comunicación (Traspié comunicativo). También la vejez castiga con el aislamiento, mientras lo esperable —aun siendo falseado en documentales— sea tratar de evitarlo, como en Engaño en 4K. De nuevo en dicho poema se manifiesta la modernidad (“cabezuelas de LED cuentan la leyenda…”)
En el segundo apartado, Declaración de intenciones, el poeta expone como narrador y protagonista todo lo ofrecido a ese mundo que radiografía. A título de progreso resume su viaje vital como integrante de una sociedad exigente; una “caminata” por la “Academia” que retrasó por no ceñirse a lo esperado y que le fue conduciendo a la “simplicidad”. Su motivación —aquello que “ensanchó la lejanía entre los peldaños de la escalera”— estuvo guiada por “la experiencia, / la travesía, / el entendimiento”. Elementos todos con los que montar “en la excelencia del logro”. De este camino surge, en Raigambre en tierra franca, el modo de enfrentarse a ese tocar realidad o estar con los pies en la tierra. Aquí el poeta afirma ser lo que pisa: “fragilidad, / dolor, / acerbo palpable, / realidad intransigente”. El mundo se muestra vulnerable e imperfecto como quien lo habita, pero de ambos se destaca siempre lo valioso entre la penumbra, una “perla vibrante en el fango”.
Tratado de armas simboliza, desde sus poemas compendiados, la observación lírica de un mundo sobre el que pende la amenaza de su propia destrucción. Plata sobre venas muestra, bajo las formas de un “concierto para violín”, ese apocalipsis: “mueren planetas en sol menor”. El dinamismo y frenesí de sus intérpretes acrecienta esa sensación de final: “Presto apremiante, / reflexionado. / Trémolo agitado / frotando cuerdas / cobalto. // Neptuno se pone”. DeLorean nos trae a la memoria el automóvil-máquina del tiempo del film Regreso al futuro, metáfora de esos viajes mentales del individuo hacia lo que fue y lo que será, con todo lo que tiene de “quitamiedos”: “Regreso del pasado, / derrape hacia el futuro / a 88 millas por hora”. La única pausa en esa odisea vital y frenética parece hacerla posible la droga, paraíso artificial que evade de la realidad, como en Barbitúricos durante el receso. La respiración de Monóxido sin humo puede ser otra alternativa, si bien mucho más peligrosa, que se describe como si se leyesen las indicaciones de un prospecto medicinal. El mundo es un “juego de autopistas comunes” cuya saturación puede provocar el cese de su tránsito (Atadura en suspensión). También puede ser un recorrido por el aire, como hacen “gorriones y palomas” en Arrojo. Éstos se entrenan con “preparativos de dureza” antes de emprender su vuelo, evitando errar en su cometido durante su lucha por la vida.
Culmina el libro con Apología de la extinción. Una paradoja donde se reivindica la propia desaparición de motu propio. Este apartado contiene un único poema en prosa sin título ambientado en un “aula blanca donde todo aprendizaje se interrumpe” —clara alusión a las clases donde se enseña lo que no se aprende por uno mismo, siendo esto último lo único importante—. Es en la despedida de esta etapa, tras la “última lección” del “maestrillo”, donde “la existencia cobra relevancia”. Concluida esa deformante formación, se suelta “lastre” y el aspecto de quien inicia su propio viaje “se desvanece”. Nos encontramos, por tanto, ante una doble desaparición o extinción: la que se procura contra nosotros mediante la enseñanza, y la que nos aplicamos siendo dueños de nuestra propia vida.