Este jueves se estrenó en la capital la ópera de Kurt Weill “Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny”, con dirección escénica de La Fura dels Baus y bajo la batuta de Pablo Heras-Casado, función que fue emitida en directo por la cadena de televisión musical francesa Mezzo TV y a 127 salas de cine en toda Europa.
“SE BUSCA”, anunciaban los cárteles pegados a las columnas del vestíbulo principal del Teatro Real que anoche se encontraban los espectadores al llegar. En ellos aparecían los rostros de los tres fugitivos protagonistas de la ópera de Kurt Weill con texto de Bertolt Brecht, responsables de la fundación de Mahagonny, una ciudad de vicio, perdición y pecado, en la que el mayor delito es el de no tener dinero, una grave afrenta castigada con la muerte.
“Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny” es la primera producción propia que presenta el Real desde que llegó Gerard Mortier, a pesar de que su andadura como nuevo director artístico se inició a principios de septiembre, subiendo al escenario a la mítica compañía del Bolshoi con una obra profundamente rusa, “Eugenio Oneguin”, y presentando en los Teatros del Canal la ópera barroca “Montezuma” ante un público fuera de abono, que acogió, sin la esperada polémica, la obra que tanto había dado que hablar este verano durante su representación en el Festival de Edimburgo.

De modo que la de anoche podía considerarse, en cierto modo, la prueba de fuego para el director belga, que escogió una obra cuyo estreno en 1930 en Leipzig causó un verdadero escándalo político: el director del teatro fue acusado de propaganda comunista y la prensa alemana habló tanto del debate político que surgió raíz de la misma que pareció que aquello acabaría por eclipsar la cuestión de su calidad musical y teatral.
Lo cierto es que compositor y libretista habían alumbrado una obra cargada de feroces ataques contra la sociedad capitalista, que se arrastraba tambaleante después del mazazo recibido con el crack financiero de 1929. Por lo tanto, el momento actual de crisis, tantas veces comparado con la de aquel fatídico año, puede considerarse muy oportuno para la representación de una obra para la que no parecen haber transcurrido 80 años. Menos aún, cuando los responsables de la escena, Alex Ollé y Carles Padrissa, de La Fura dels Baus, han tenido muy presentes los “pecados materialistas” de nuestra época para crear un espectáculo en el que las toneladas de desperdicios que nuestra sociedad produce a un ritmo aterrador se convierten en los oscuros cimientos de Mahagonny, la ciudad que nace en un vertedero travestido de campo de golf para recibir a los nuevos habitantes y donde se ofrece todo tipo de placer a cambio de dinero.
Irregular en ciertos momentos, con algunas escenas en las que pierde su marcada intensidad visual, lo cierto es que la propuesta en su conjunto cumple bien a la hora de otorgar la necesaria coherencia al duro pero inteligente texto del dramaturgo alemán. Aunque, como viene siendo habitual en la lírica madrileña de los últimos tiempos, fue en el capítulo de la escena donde más disparidad de opinión hubo, con aplausos y abucheos que parecían dividir al público igual que las enormes pancartas reivindicativas que se “enfrentaban” a ambos lados del escenario para poner un contundente punto y final al espectáculo.
Con un unánime sobresaliente saldó, en cambio, el nuevo Coro Titular del Teatro Real, gestionado por Intermezzo y formado y dirigido por el también nuevo director Andrés Máspero, su primera aparición ante el público madrileño, que había guardado para ellos, así como para la Orquesta Titular del Real, dirigida anoche por el jovencísimo Pablo Heras-Casado, cuya carrera a nivel internacional ha estado apoyada por Mortier ya desde su etapa en la Ópera de París, muchos de sus aplausos. Eso sí, fueron las voces las grandes premiadas de la noche. La mezzosoprano norteamericana Jane Henschel, junto con sus otros dos compañeros “fugitivos”, Donald Kaasch y el soberbio Willard White, uno de los bajo-barítonos más importantes de los últimos tiempos, recibieron el reconocimiento que su buena actuación merecía.

Y, como no podía ser de otra forma, la pareja protagonista de la complicada obra de Weill, comparada en ocasiones con los musicales por la clara influencia en la misma de ritmos americanos de principios del siglo XX, soul, jazz y blues, el intenso tenor alemán Michael König y la fantástica soprano canadiense Measha Brueggergosman, ambos debutando sus respectivos papeles, fueron, sin lugar a dudas, los que merecieron y se llevaron las ovaciones más entusiastas de la noche, especialmente la soprano canadiense, nacida en el mundo del gospel y cuya carrera internacional a un altísimo nivel, ha sido imparable desde su primera aparición estelar en los juegos Olímpicos de Vancouver, cantando el himno de su país.
Ellos son la pareja cuyo amor no puede vivir en una ciudad en la que sólo cuenta el dinero, donde los sentimientos nobles no pueden crecer porque debajo sólo hay egoísmo, de modo que él, Jim, un rudo leñador que llega a la ciudad buscando la felicidad que soñaba mientras trabajaba muy duro en Alaska y el único que se atreve a denunciar la falsedad que Mahagonny encierra, acabará sentenciado a muerte por un tribunal que es literalmente un circo; y ella, Jenny, la prostituta a quien desde niña su madre enseñó cómo sobrevivir en un “mundo podrido”, cuando llega el momento de elegir, se elige a sí misma porque el amor es un lujo que no se puede permitir. Ni en Mahagonny ni, en definitiva, en ninguna parte, porque como explican Fatty, Begbick y Moses, los fugitivos que para escapar fundaron la ciudad de la que acaban prisioneros, ellos crearon Mahagonny “sólo porque el mundo está podrido, no hay paz en la tierra, no hay disfrute, no hay nada a lo que pueda agarrarse un hombre”.