Pilar Jurado se convirtió ayer en la primera compositora que estrena una ópera en el Teatro Real. Y, además, en la primera compositora que canta en la obra a la que ha puesto, no sólo la música, sino también la letra. Visiblemente emocionada, la soprano madrileña saludó a un público que, en su mayoría, quiso premiar lo que es, sin duda, un gran trabajo difícilmente encarado por cualquier mortal, a pesar de que en la primera noche de las ocho en las que se representará la obra, hubo también frialdad en palcos y butacas e, incluso, algún abucheo, por parte de aquellos espectadores a quienes no gustó esta nueva creación española, un estreno mundial absoluto que había levantado una gran expectación.

Ricardo (Otto Katzamaier), un compositor en plena crisis de inspiración, es el protagonista de una historia de mundos paralelos, de dos vidas que se viven al mismo tiempo, en dos escenarios que son, en realidad, uno mismo, aunque los clasifiquemos como mundo real y mundo virtual. Junto a él, dentro de su cabeza, los demás personajes alumbrados por la compositora. Y fuera de su cabeza, ellos también; los mismos, pero otros: una ex mujer despechada (Natascha Petrinsky), el director del teatro que ha encargado la obra a Ricardo (Hernán Iturralde), un experto en tecnología que hace las veces de su mejor amigo (Nikolai Schukoff), un periodista ávido de primicias (José Luis Sola), un robot cantante mucho más perfecto que cualquier humano (Andrew Watts), y, por supuesto, el personaje que nunca puede faltar en cualquier drama: el de una mujer, la soprano que cantará su ópera y que habrá de devolver la musa perdida al compositor, a través del sentimiento más inspirador de todos, el amor, interpretado por la propia autora de la obra.
Pocas veces, los asistentes a una ópera salen después del primer acto al vestíbulo o a los pasillos, comentando entre ellos cuál será el final de la obra. No sólo porque, en la mayoría de las ocasiones, se trate de una ópera clásica y, por tanto, ampliamente conocidos sus personajes, su trama y su desenlace, sino, fundamentalmente, porque cualquier aficionado sabe que serán los sentimientos más pasionales y la tragedia los encargados de firmar su final. Anoche, por el contrario, no sólo estábamos ante la primera vez que se veía y escuchaba La Página en blanco, también asistíamos a una historia que aparecía teñida de elementos clásicos del thriller, de esos que conducen a la intriga por saber cómo y cuándo se descubrirá la conspiración de los “malos” contra el protagonista y, fundamentalmente, a preguntarse si el autor, en este caso, la autora, habrá sido capaz de construir un final digno de todos los interrogantes que se han ido planteando en el escenario.

Y la respuesta es seguramente menos clara de lo que se podría esperar: si y no. Sí, porque el conjunto de la ópera compuesta por la soprano madrileña es, desde luego, una demostración de esfuerzo creativo y pasión por su profesión, que invita a hacerse muchas preguntas acerca del mundo virtual, de los avances tecnológicos que parecen no tener límite, a través de una obra en la que prima la acción y con una música que, en palabras de la propia autora, ha pretendido fundir tradición y vanguardia. Y no, porque es, precisamente, con las últimas escenas con las que deja abierta demasiadas conjeturas, rompiendo ese esquema literario tan necesario de introducción, nudo y desenlace, que siempre funciona bien, manteniendo la tensión hasta que llega el momento de recibir respuestas. Y, aunque parezca que se trate únicamente de responder a la intriga de la historia que se narra en un escenario reducido a dos cajas superpuestas, simbolizando el mundo real y el virtual, creación de carácter surrealista firmada por el escultor alemán Alexander Polzin, la respuesta es mucho más amplia: si todo encaja, hay un trepidante final. En todos los aspectos.
En un foso ampliado y tremendamente concurrido, fue la Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid) bajo la firme y experta batuta del suizo Titus Engel, la encargada, con muy buena nota, de templar anoche los difíciles y sobresalientes acordes que presentaban “en sociedad” a la recién nacida criatura, compartiendo el reducido espacio con el Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo), dirigido por Andrés Máspero. Se desvelaba, por fin, el misterio de la música compuesta por Jurado durante estos casi tres últimos años, una música que, desde que la obra fue encargada a la autora por el anterior director artístico del Real, Antonio Moral, ella confesó que quería que estuviera al servicio del drama, a pesar de que anoche resultara más que evidente que al drama le faltaba, como decíamos, la experiencia de un libretista profesional que cerrara el círculo perfecto alrededor de esta nueva creación.