enlaces patrocinadoS

PORTADA » cultura

Crítica

Provocación y expectación en el estreno de la sensual "Tannhäuser"

Las explícitas imágenes de la bacanal ideadas por el veterano director de escena Ian Judge, ampliamente reproducidas en los medios durante estos últimos días, habían precedido con provocación al estreno, anoche en el Teatro Real y con la asistencia de Su Majestad la Reina, de la ópera de Richard Wagner. Por eso, no era de extrañar que la expectación ante el estreno de una gran obra como esta fuera, más que en otras ocasiones, acompañada de previas opiniones que iban desde la incredulidad o el disgusto al aparente desapego por lo que pudiera “aparecer” en escena durante los primeros quince minutos de la ópera existencialista y romántica del compositor de Leipzig.

Alicia Huerta

14-03-2009

imprima esta noticia envie esta noticia

El buen gusto y el saber hacer del experimentado director de escena británico disiparon pronto las posibles dudas de que “aquello” pudiera asustar o desagradar a alguien. La cuidadísima iluminación y el estudiado movimiento, lejos de asombrar por su explícito carácter sexual, engancharon a un público que reconoció de inmediato el valor de un acontecimiento de indudable valor artístico.

Jugó también Ian Judge con los colores para recorrer el difícil tránsito del héroe wagneriano que no encuentra la paz ni en los dulces y colmados placeres de Venusberg ni en la dura vida de mortal junto a sus congéneres. El rojo más pasional y pecaminoso inunda el Primer Acto, en el lujoso burdel del deseo carnal donde nos encontramos por primera vez con Tannhäuser intentando explicar a la diosa Venus que añora el dolor y la finitud porque la felicidad y el arte siempre han sido incompatibles. Blanco es el color que recibe al poeta pecador, de vuelta a casa para reencontrarse con el amor puro de Elisabeth, único camino para su redención. Y nada mejor que una elegante mezcla de blanco y negro para mostrar el conflicto del trovador entre el amor profano de Venus y el sagrado de Elisabeth, símbolo perfecto para ilustrar la terrible batalla interior intensamente librada por Tannhäuser. Por último, el Tercer Acto lo viste Judge de un luminoso verde para acompañar al sentimiento de esperanza con el que Wagner quiso finalizar la terrible tragedia existencialista que un hombre, hoy, igual que en 1845 cuando se estrenó la obra por primera vez, puede verse obligado a afrontar.

Anoche a nadie le quedó ninguna duda de que, como afirmaba hace unos días el maestro Jesús López Cobos, “Wagner pone siempre a prueba a un teatro, a su orquesta y a su coro”. La extensión, de más de tres horas, y la exigencia vocal y musical dejan al descubierto muy pronto si un teatro está o no preparado para el colosal reto. El Real, desde luego, lo estuvo. La orquesta, dirigida por López Cobos, y, especialmente, el Coro Titular del Teatro Real, dirigido por Peter Burian, y gran protagonista de muchas de las escenas (que para la ocasión había sido ampliado de 64 a 85 integrantes), cumplieron con experiencia pero, sobre todo, con una gran pasión que así fue reconocida generosamente por el público cuando bajó el telón.

En el capítulo vocal, con un reparto definido como compuesto por las mejores voces wagnerianas del momento, el tenor Peter Seiffert creó un Tannhäuser correcto y expresivo, a pesar de que en algún momento se echara en falta algo más de la fuerza que se espera en el héroe de Wagner. Más conseguida y vibrante fue la interpretación de Petra Maria Schintzer, una dramática Elisabeth, que en pugna con la sensual Venus (LIoba Braun) creó un buen duelo femenino. Muy aplaudidos, por la indudable calidad de sus voces y de su interpretación, fueron Christian Gerhaher, un magnífico y humano Wolfram, y el joven austriaco Günther Groissböck, por su convincente Landgrave Hermann.



enlaces patrocinadoS