El 7 de enero es el Día Internacional del Sello Postal. Así lo proclamó en 1937 la Federación Internacional de Filatelia. La primera vez que se celebró en este día, por cierto, fue en Alemania en 1936 coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Heinrich von Stephan, director general de correos del Imperio Alemán (1831-1897). Había un precedente: en Austria, el año anterior, ya se había festejado el Día Internacional del sello, pero había sido en diciembre. Hay también otros días nacionales en los distintos países.
El caso es que en enero los filatelistas tenemos la ocasión decelebrar esta pasión de álbumes, pinzas y lupas, que viene enriqueciendo al mundo desde que se emitió, el 6 de mayo de 1840, el primer sello postal de la historia. Se trataba del célebre Black Penny, que lucía el perfil de la Reina Victoria y llevaba marcado en los ángulos de la base las letras que indicaban la posición en la plancha de imprenta. Yo sospecho que, ya con el primer sello, nacieron los primeros coleccionistas.
Herederos de la noble tradición del coleccionismo, los filatelistas atesoramos la memoria de los pueblos ennoblecida en timbres postales. No en vano solicitó el Primer Congreso Internacional de Filatelia, celebrado en Barcelona en 1960, que la filatelia fuese reconocida como rama auxiliar de la Historia. Si la musa Clío hubiese enviado cartas, allí hubiera estado un filatelista para guardas sus sellos. En estas pequeñas piezas de papel -dentado, sin dentar, engomadas, autoadhesivas, a color, usadas o nuevas- los pueblos representan personajes, lugares, acontecimientos y símbolos. Recuerdan el pasado o proyectan el futuro. Aquí exaltan a sus héroes -ahí está la deslumbrante tradición de sellos de toreros que luce con orgullo la filatelia española- o dejan perpetua memoria de su logros y victorias. Gracias a los sellos podemos comprender mejor cómo se ve un pueblo o una sociedad a sí misma en un tiempo determinado. Podríamos contar toda la historia del Imperio Británico a partir de los sellos conmemorativos de sus distintos territorios. En los sellos, se reflejan los cambios de época, las transformaciones de los Estados, el nacimiento de los países y el ocaso de los imperios. Así, el Estado de Israel se proclamó el 14 de mayo de 1948. A la medianoche del 15 terminaba el Mandato Británico en Palestina y el día 16 ya se estaba emitiendo la serie n º 1 de sellos del nuevo Estado.
La filatelia puede brindarnos esos momentos de secreta felicidad que la fortuna depara al coleccionista; por ejemplo, la adquisición de ese timbre que uno ha buscado en vano por ferias y tiendas de medio mundo. Después, en el silencio de su mesa, uno lo mirará con la lupa, se detendrá en sus detalles, observará las filigranas, el trazo de las figuras, el matasellos del borde con una fecha que sólo puede verse parcialmente. Quién sabe lo que este sello habrá visto. El filatelista se familiarizará, quizás, con lenguas que al principio le resultaban por completo ajenas. A mí, que me inicié en la filatelia por mis padres, me pasaba eso con los sellos de Europa Central y Oriental que llegaban del otro lado del Telón de Acero. Mis primeras palabras en húngaro fueron “Magyar Posta”, correo húngaro. En aquella época, era para mí imposible imaginar hasta qué punto Hungría formaría parte de mi vida. Nunca se sabe adónde puede llevarnos el sello de una carta.
Este empeño filatélico deja constancia también de un mundo que ya desapareció. Tengo a la vista mi pequeña colección de sellos de Checoslovaquia. Hay uno rectangular horizontal que conmemora los treinta años (1945-1975) de la liberación del país por el Ejército Rojo. Huelga decir que lo de 1945 fue, en realidad, una ocupación soviética que sucedió a la alemana. Por otra parte, en 1975, apenas habían pasado siete años de la Primavera de Praga (1968), abortada cuando el Ejército Rojo invadió Checoslovaquia para impedir las reformas que pretendía el gobierno de Dubček. Este sello, pues, nos permitiría hacer una arqueología de aquel mundo en que los opresores se conmemoraban como liberadores. Tengo otro un poco anterior, de 1971, que Checoslovaquia emitió con ocasión del “Año mundial de lucha contra el colonialismo, la opresión racial, el fascismo y el apartheid”. Los pueblos libres parecen blandir cuchillos, bayonetas y rayos contra las fuerzas del mal. Los mismos comunistas que oprimían a su propio pueblo pretendían erigirse en defensores de la libertad del mundo. Aquel tiempo de la Guerra Fría, con sus doctrinas, sus relatos y sus esquemas, a cuya sombra seguimos viviendo, nos ha dejado estas piezas arqueológicas en papel de colores.
Por eso, esta tarde de domingo siete de enero, yo me voy a encerrar un rato con mis sellos, cuyo valor es para mí incalculable porque no se cifra sólo en euros, sino en recuerdos, y voy a viajar en el tiempo y el espacio. Voy a admirar los dromedarios de Mongolia y los cuadros de los museos polacos. Me esperan cosmonautas, navegantes y geógrafos. Disculpen que no me entretenga.
Hasta luego.