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ORIENT EXPRESS

Un atentado en Jerusalén

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 29 de enero de 2023, 19:58h

El atentado fue el viernes por la tarde en Neve Yaakov, un barrio judío en Jerusalén Oriental. Fundado en 1924, un grupo de judíos estadounidenses compró las tierras a unas familias árabes de la cercana localidad de Beit Hanina. Los habitantes de Neve Yaakov, que eran poco más de un centenar, sufrieron asaltos a manos de sus vecinos árabes durante los disturbios de 1929, aunque, en verdad, quizás habría que llamarlos simplemente “pogroms”. Durante la Revuelta Palestina (1936-1939), las pocas calles de Neve Yaakov estuvieron defendidas por hombres y mujeres del Haganá, la autodefensa judía. Después vino un breve periodo de paz que terminó en 1948: el avance de la Legión Jordana obligó a los judíos a huir. Toda la zona quedó bajo control jordano hasta la Guerra de los seis Días, cuando las Fuerzas de Defensa de Israel lograron liberar Jerusalén Oriental y reunificar la ciudad. Es famosa la fotografía de los tres paracaidistas israelíes aquel 7 de junio de 1967 frente al Muro Occidental del Templo en las primeras horas de la Jerusalén reunificada. Por desgracia, no he podido encontrar ninguna fotografía del regreso a Neve Yaakov de las familias expulsadas de allí en 1948, pero el caso es que volvieron. Hoy es un barrio habitado por numerosas familias religiosas; entre ellas, muchas de “haredis”, los observantes estrictos a los que en España se suele llamar “ultraortodoxos”. Hay judíos llegados de Uzbekistán, Georgia, Francia, Irán, Rusia, Etiopía y distintos países americanos. Se suele decir que emigrar a Israel, “hacer Aliá”, tiene que ver con las oportunidades o con la falta de oportunidades. No dejo de pensar que, para los vecinos de este barrio, Israel representó la esperanza de una vida mejor… o simplemente la única esperanza de vida.

El pasado viernes se convirtió en un tiempo de dolor y duelo para Neve Yaakov. Pasadas las ocho de la tarde, un terrorista palestino irrumpió en la sinagoga Ateret Avraham y abrió fuego con un arma automática contra los judíos que estaban allí congregados. Mató a siete e hirió a tres. Después, se dio a la fuga hacia Beit Hanina. Lo interceptaron y lo abatieron, es decir, lo mataron. Por supuesto, no faltará quien piense que el terrorista hizo mal pero que deberían haberlo detenido -quizás, como mucho, haberlo herido para reducirlo- y haberlo sometido a juicio. Bueno, eso no siempre es posible y, quizás, antes de ponerse a entonar lamentos por el terrorista habría que elevarlos por las víctimas de Neve Yaakov.

El atentado tuvo lugar al anochecer del Día Internacional de Memoria del Holocausto. En todo el mundo -incluida, naturalmente, España- se habían celebrado ceremonias y conmemoraciones. Se habían elevado votos y promesas de que nada así volvería a suceder nunca. Se habían elevado oraciones y se habían leído poemas de recuerdo. No hay por qué dudar de la sinceridad y la recta intención de todas esas manifestaciones de condolencia y tristeza por los seis millones de judíos muertos a manos de los nazis y sus colaboradores.

Pero esa noche, antes de que terminase ese día, un terrorista irrumpía en una sinagoga y mataba a siete judíos y hería a tres. Ya no hubo tantos votos ni tantos compromisos. No hubo muchas protestas de los líderes del mundo libre cuando se vieron las imágenes de las celebraciones en las calles de Ramala y Nablus. Ningún político de la Unión Europea se comprometió a revisar el destino de los fondos que van para educación en la Autoridad Palestina y sirven para educar en el odio y la apología del terrorismo. No hubo muchos intelectuales que denunciasen este crimen que no puede sino recordar los que perpetraron los nazis y sus aliados. A la cita con las condenas y los rechazos faltaron periodistas y corresponsales, que se apresuraron, en cambio, a advertir que «en Israel, el término “terrorista” suele utilizarse para cualquier agresión cometida por palestinos por motivos nacionalistas”. Uno de ellos escribió que siete israelíes “fueron abatidos a tiros” como si los que rezaban la oración de la tarde hubiesen intentado fugarse de un furgón penitenciario.

Por desgracia, esta confusión moral en torno al terrorismo está extendida en Occidente y, desde luego, es bien profunda en Europa. Abundan los casos de benevolencia y aun justificación cuando se trata del terrorismo en Israel. “La ocupación”, “el apartheid”, “la pobreza”, “las políticas del Estado de Israel”… Todos los tópicos del antisemitismo de izquierdas nutren el discurso en torno al terrorismo yihadista. El atentado del viernes, sin ir más lejos, recibió los elogios de Hamás.

Esta confusión moral, por cierto, no deja de afectar también a los atentados cometidos en España. Al terrorista que el miércoles pasado, en el centro de Algeciras, mató con un machete al sacristán de la iglesia de la Palma después de herir al párroco de San Isidro ya lo han presentado como desequilibrado o enfermo mental. Se ha recordado que se trata de “casos aislados”. Se han preguntado en televisión si el apuñalamiento no podría venir motivado porque le hubiesen negado cierta ayuda. Se han prodigado las advertencias de no caer en “generalizaciones”. Oriente Medio ha llegado a Europa de muchas formas. Al sacristán se lo ha etiquetado como “fallecido” porque “asesinado” suena demasiado duro y “abatido” sonaba raro para un apuñalamiento. El terrorismo que, durante décadas, han venido sufriendo los israelíes ahora lo padecemos también los europeos. La respuesta en ambos casos ha revelado una confusión moral aterradora y, en cierto modo, suicida.

Ni uno solo de los judíos que rezaban el viernes en la sinagoga Ateret Avraham habían hecho nada para merecer la muerte. Ninguno merecía que lo tiroteasen. Ninguno era culpable de nada. Tampoco lo era, huelga decirlo, el sacristán de Algeciras. El yihadismo predica el odio a los judíos y los cristianos. Está en guerra con todo aquello que nuestra civilización representa. En cada cesión, en cada eufemismo, en cada retroceso que se hace para no soliviantar a nadie los yihadistas y los islamistas ven un signo de debilidad. El pacifismo, frente a ellos, es suicida.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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