el chivato
Pocas veces se siente la necesidad de aplaudir a un actor que no ha pronunciado palabra durante los primeros seis minutos de la comenzada representación; en un silencio insufrible para el espectador, si el personaje –el actor- no es un virtuoso del gesto, capaz de llenar el escenario con su sola acción. José Luis López Vázquez nos encogió el corazón a los cientos de espectadores que llenábamos el María Guerrero –aun lleno de termitas, en 1982-.