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CHAMPIONS, EUROPA LEAGUE, BALÓN Y BOTA DE ORO PERTECENEN A LA LIGA

Un año más, nadie baja a los clubes españoles de la cima del fútbol

EL IMPARCIAL
jueves 01 de diciembre de 2016, 01:02h
Actualizado el: 27 de diciembre de 2016, 06:03h

La final madrileña de Liga de Campeones, el quinto titulo continental sevillista y el pleno en el podio del Balón de Oro define otro curso de monopolio nacional.

Los caminos, pronósticos e inercias que ha desarrollado este 2016 para el balompié español corrobora la influencia de lo improvisado, del azar, lo imprevisto, en este deporte. Pocos se aventuraban a profetizar lo abrasivo y guadianesco de la conversación mantenida entre Real Madrid, Barcelona, Atlético y Sevilla, los cuatro clubes que convirtieron en actores secundarios a ilustres y humildes clubes en el ámbito doméstico y extramuros. La arquitectura de lo que escapa al estudio y lo químico de este juego se conjugaron para enmendar y deshacer lo que el comienzo de año auguraba, con Messi recogiendo el Balón de Oro correspondiente a 2015 y Rafa Benítez ahogando su crédito en Chamartín por la vía de la guerra de guerrillas con los gerifaltes del verde. El Barça gobernaba, relamido, sin nubes en el horizonte, al tiempo que en el cuadro merengue se experimentaba una crisis atmosférica y de resultados soberana, y el Atlético, silente, agonizaba para acceder a cuartos de Liga de Campeones (pasó por penaltis ante el PSV) mientras que el Sevilla se veía afligido por las exigencias de su estatus.

 

Sin embargo, aconteció Zinedine Zidane. Como entrenador pero también como estado de ánimo, como estadio del espíritu y fuente de convicción. Y tomó las riendas de un vestuario en llamas para apaciguar cada piso del Bernabéu y engrasar la consistencia de un equipo descosido. Fue gastando sonrisas entre tropiezos el galo hasta que su alternativa en busca de la legitimidad arribó en el Camp Nou. Ronaldo, Bale, Carvajal, Kroos y compañía arrancaron los tres puntos de la cueva del líder, con uno menos y remontando hasta el 1-2 final. Del coliseo blaugrana regresó a la capital un grupo de jugadores rebosante de confianza, que forzaría la máquina para apretar en la Liga y no negarse nada en el Viejo Continente. Y de allí se dercorchó un cataclismo en Can Barça que deshilachó su seguridad y, con ello, la ventaja al frente de la clasificación. La autocompacencia, compartida por ambos colosos, terminó por traducirse en un campeonato de tres (cuando los colchoneros ya habían levantado el vuelo prototípico del tramo final de temporada) que se resolvió en la última fecha. Los culés, que también se impondrían en la Copa y en la Supercopa españolas (frente al Sevilla y con mucho sudor a cuestas) alzaron su vigésimocuarto título de la regularidad, con uno y tres puntos de margen con respecto a sus perseguidores.

 

Pero la devastadora voracidad de Luis Suárez (Bota de Oro con 40 goles en Liga y 14 dianas en los últimos cinco partidos) y la versión más creativa, desde la mediapunta, de Leo Messi no bastaron para sanar los agujeros tácticos que provocaron que el triplete nacional barcelonista no resultara extrapolable fuera de las fronteras patrias. Vino a encallar en trasnsatlántico dirigido por Luis Enrique a la ribera del Manzanares. Ganó 2-1 en la ida de los cuartos de final de Champions a las huestes, encendidas y ardorosas, de Simeone. Tras una expulsión infantil de Torres. Pero la victoria parcial se tornaria en exigua, primero, e inocua, después. Un doblete de Griezmann y una exhibición colectiva (de valentía posicional, que robó la pelota, los espacios y la calma al favorito a través de una maniobra de presión legendaria) sacaron de eje al máximo aspirante y propulsaron la inquebrantable pulsión competitiva atlética. Tanto fue así, que cuando el sorteo señaló al último Bayern de Munich como contrincante, sólo brotó descofianza en la sede bávara (la dialéctica de Rummenigge volvió a traicionarle). El gol del año, ese slalom inconcebible y zurdazo a la cepa del poste obra de la paleta de Saúl, apuntaló la resistencia en el Allianz muniqués. Allí, la obra del Cholo, que enriqueció su libreto con calidad y más posesión y propuesta, escogió la ortodoxia defensiva y la trinchera. Y funcionó. Su delantero estrella, que culminaría con el reconocimiento como tercer mejor jugador del mundo, sentenció el billete a la segunda final más elitista imaginable en tres temporadas. Con Yannick Carrasco en el rol de mejor actor revelación y noticia del equipo.

 

El rival que aguardaba en el otro camarín de San Siro era el enemigo íntimo. Y si de agonía se había nutrido el conjunto rojiblanco para cruzar todos los obstáculos que fueron menester, la misma receta fue aplicada por el Real Madrid desde su debace ante el Wolfsburgo, en el que a la postre sería la segunda y última derrota bajo el mando de Zidane hasta estas navidades. Un hat-trick de Ronaldo dio la vuelta al escorzo que se escondía detrás de un sorteo aparentemente favorable. Pivotando sobre Casemiro como concepto y como única herramienta que cohesionara el equilibrio en la cancha, la huida hacia adelante, plena de vaivenes y pérdidas del mando a lo largo de los combates, desembocó en el retrato de la impotencia británica y los complejos del Manchester City. Los ingleses padecieron el ancestral respeto a la camiseta blanca y en la Castellana aguantaron hasta el suertudo centro de Bale que facturaba el viaje a Milán en busca de la Undécima. Sufrió la tribu merengue y seguiría abranzando la épica hasta hacerla paradigmática de la racha de imbatibilidad -que cuenta con 37 partidos y que se ha traducido en un triplete internacional del todo inesperado cuando Zizou aceptó la propuesta populista de Florentino-. La desesperanza en el alma de los jugadores se tornó en fe y Sergio Ramos se alzó, resplandeciente, como icono madridista para disparar sus registros anotadores en citas de campanillas.

 

En Milán abrió un marcador empatado por el bravo Atlético y, con la prórroga y el miedo a arriesgar como filtros, serían los penatis los que decidirían el segundo derbi capitalino más importante de los jugados en la historia, Y la historia es mucho tiempo. En aquella distribución de fortuna pagaron Oblak -hierático en tal tesitura pero quizá el mejor guardameta del panorama global tras su rendimiento de este año- y Juanfran -héroe en octavos-, que entregó el penalti definitivo, el que amarra la gloria, a Ronaldo. No falló el luso y tampoco lo haría en el último entorchado en juego del ejercicio, el Mundial de Clubes, para cincelar su cuarto Balón de Oro. Eso sí, gracias a la inestimable ayuda de Benzema (brillante y en su faceta más goladora conocida mientras que lo que no fuera Madrid se desmoronaba ante su mirada). El Kashima, gallardo y muy bien ordenado, desnudó los fantasmas que han perseguido a esta bien inexplicable inercia ganadora que persigue al conjunto español. Perdonó el 2-3 en el minuto 90 y los madrileños autografiaron el trofeo en el tiempo extra. Con el mismo trabajo, una irregularidad asimilada y la porfía hasta el último segundo que ha caracerizado a este intervalo de dominio de los pupilos de Zidane, incontestable en lo estadístico pero sui géneris si se atiende a cada pieza del puzzle y al cómo se ha conseguido la altura de lo cosechado.

 

El Sevilla, que se clasificó para disputar la Liga de Campeones, completó la aureola de perenne dominio que envuelve a los cubes españoles en el último lustro. El doblete continental se constató con otro ejercicio de tesón y nivel competitivo. Remontó al Liverpool de Klopp (con doblete entrañable del capitán Coke) en la despedida de Unai Emery e histórica tercera final ganada de manera consecutiva de la Europa League. Este hito, que ademas situó a los nervionenses como dominadores del palmarés torneo -cuenta ya con cinco UEFAs, dos más que los verdaderos aristócratas de este deporte- dio carpetazo a una etapa y abrió la puerta al cambio en la dirección del viento. El proceso que tiene trompicado a Simeone en el presente, de cubrir el césped con trabajo y riguroso orden táctico para que la calidad determine y dirija, ha sido afrontado y superado con asombrosa celeridad por Jorge Sampaoli, el segundo nombre protagónico de los banquillos españoles (el primero es el del sorpendente campeón de Europa). El argentino ha adecuado la fórmula estatégica de dominio con y sin pelota para estrujar a Barça y Madrid en cada cruce en que han charlado y mantener a los sevillistas ilusionados, en el mismo plano liguero que los comandantes y con el enfrentamiento ante el Leicester en octavos de Liga de Campeones uniformado como objetivo nada ambicioso. Todo ello a pesar de la ventisca que amenazó, y todavía colea con réplicas, con desmembrar la cabeza del cuerpo en la entidad.

 

Monchi rozó su salida y se quedó de manera traumática, exáctamente igual que De Gea y Keylor Navas en verano de 2015, en uno de los dos episodios administrativos que sonrojaron la temporada que abrió el "mejor momento de los 114 años de historia del Real Madrid" (apreciación efectuada por su presidente en el brindis navideño). El segundo caso echó a Dennis Cheryshev del ámbito merengue, provocando la sanción que sacó a los suyos de la Copa e introdujo su nombre en las chirigotas gaditanas y en el inconsciente colectivo. Allí, en lo etéreo de la memoria social también yace unido a este 2016 el fallecimiento de Johan Cruyff (que fue homenajeado en la Ciudad Condal en el despegue madridista), el advenimiento del Wanda Metropolitano alineado con el pavor colchonero decretado tras aquella fronteriza llamada a la reflexión verbalizada por el Cholo tras perder la Copa de Europa, el asentamiento del desconcierto sistémico en los experimentos de compra exótica de clubes nacionales -personificado con especial sangría en Valencia- y la "transición dulce" de la selección española.

 

El epígrafe de los seleccionados nacionales ha pasado de cubrir primeras planas a ser arrinconado en el balance de activos y pasivos en este país. Y este año no resultó una excepción en la deriva. El continuismo sentenció la era de Vicente del Bosque con un fiasco en la Eurocopa (cayó, sin argamasa táctica ni energética, desprovisto de soluciones a ambos lados de la cancha, en octavos y ante la Italia de menor calidad que se recuerda pero dotada de una mordaza paralizadora importante). Villar, que fue obligado a abandonar su ambición en la carrera a la presidencia de la UEFA y mantiene en vilo la convocatoria de elecciones para la RFEF (con Jorge Pérez como único rival antiimperialista), sollozó cuando la presión de los focos de la atención pública recayeron sobre los despachos de su cuartel general en Las Rozas. Paco Jémez, cuya fábula rayista concluyó en Segunda, sonó -acabó estrenando currículo extranjero en el Chivas mexicano- y también lo hizo, con más fuerza, Joaquín Caparrós, que se recicló en Osasuna. Después de semanas de quinielas, Ángel María confió la prestigiosa y resbaladiza empresa a Julen Lopetegui, de estilo y perfil acólitos con el anterior seleccionador. Así, el pentagrama de la selección a penas ha variado, y, aunque todavía está en proceso de gateo, parecería que la presencia de Italia en el grupo de clasificación para Rusia 2018 haya relegado lo troncal, esa necesaria reconstrucción de nombres, responsabilidades y enmiendas a lo integrista de plan pasado, centrando el ojo en sobrevivir más que cualquier otra cosa. Ganar (está invicto) es lo que vale ahora mismo. Y no es mentira, pues el contexto no perdona un tropiezo, pero los asideros sobre los que regenerar la ilusión parecen muy matizados ante el inmovilisimo estilístico.

 

En definitiva, se clausura un año de paroxismo para los máximos exponentes de la Liga. Se ha contrastado lo apuntado en cursos precedentes: la amplitud de registros y pelajes de los candidatos que España produce y lanza al Viejo Contiente no tiene, de momento, parangón, aunque el maná monetario ya se haya desplazado (en virtud de sanciones y patrocinios) de latitud. La asimetría del torneo domético asoma menos explícita, pues los grandes ya no entienden sus coliseos como escenarios para su esparcimiento y ha crecido el vigor de un buen ramillete de aspirantes a conquistar plazas europeas (Villarreal y Real Sociedad cierran diciembre sobre una vorágine sensacional). Las complicaciones por las que han transitado los cuatro ases analizados describe la profundidad del ascenso de la exigencia endógena, si bien no es comparable a la Premier League. El problema es que ningún país puede afirmar que sus representantes compitan mejor en Europa que los vasallos de Tebas. Suena rotundo, pero la concatenación de temporadas de resultados reflejos no hace sino evidenciar que la realidad es tozuda. Nadie da con el antídoto que dome a todos los batallones (un grupo, además, variopinto en su funcionamiento) que exportamos a la conquista de la gloria anual.

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