En octubre del año pasado, el gobierno polaco dirigió al alemán una nota diplomática por la que reclamaba los daños y perjuicios causados por la invasión y ocupación de su país entre 1939 y 1945. El ejecutivo polaco cumplía así con el mandato del parlamento que había resuelto requerir al gobierno para que reclamase las indemnizaciones por los daños sufridos por Polonia y sus ciudadanos. El parlamento, por cierto, también advirtió que Polonia nunca había sido indemnizada por los daños y perjuicios causados por la invasión y ocupación soviética. La destrucción se estimó a partir de un informe de tres volúmenes realizado por el Instituto Jan Karski de Pérdidas de Guerra. El primero describe y valora las pérdidas materiales e inmateriales sufridas por la República de Polonia durante la II Guerra Mundial. El segundo recoge el material fotográfico. El tercero indica los lugares en que se perpetraron los crímenes y atrocidades causantes de los daños El informe completo puede descargarse aquí.
La invasión de Polonia por parte de la Alemania nazi y de la Unión Soviética, que habían acordado repartírsela en virtud del protocolo adicional secreto del Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) de 23 de agosto de 1939, condujo a una partición del territorio polaco y su división en tres grandes zonas: los territorios anexionados al Reich como distritos, el llamado Gobierno General y la zona controlada por la URSS. A los daños de la guerra de agresión desatada contra Polonia siguieron las medidas políticas y económicas adoptadas durante la ocupación. Desde el comienzo, la política alemana hacia los polacos revistió caracteres de genocidio. Los campos de concentración y exterminio construidos por Alemania en el territorio ocupado, los campos de trabajo, los guetos en que hacinaron a los judíos, la política de represalias, las matanzas de intelectuales… Norman Davies tituló “Gólgota” el capítulo correspondiente a este periodo dentro de su admirable historia de Polonia en dos volúmenes. No es exagerada la metáfora: el pueblo polaco sufrió un verdadero calvario: 5,2 millones de polacos muertos a manos de los nazis, casi doscientos mil niños arrebatados a sus padres y enviados a Alemania, y una pérdida de población de 11,4 millones de personas. Más de medio millón de obras de arte fueron robadas o destruidas. El importe de los daños asciende a casi 1,3 billones de euros, pero es realidad ni siquiera esa cifra alcanza a cubrirlos por completo.
Hasta ahora, Alemania ha rechazado la reclamación polaca. A la nota diplomática de Varsovia respondió Berlín remitiéndose a una pretendida renuncia a reclamaciones que el gobierno comunista polaco, presionado por la Unión Soviética, formuló en 1953. Conviene recordar que la política de la República Popular de Polonia, el Estado comunista que existió entre 1952 y 1989, estuvo profundamente condicionada por las dinámicas de la Guerra Fría y la Polonia democrática no se considera vinculada por ella. Así, Alemania esgrime como defensa que, en 1953, el líder comunista Bolesław Bierut declaró a la prensa que Polonia renunciaría a reclamar reparaciones de guerra. De hecho, era una afirmación que vulneraba el propio Derecho interno polaco, lo que respaldaría su dudoso carácter como práctica de Estado. El primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, ha tomado como referencia las reclamaciones que los Herero y los Nama, pueblos africanos que sufrieron un genocidio entre 1904 y 1908 en lo que entonces era la colonia del África Occidental Alemana. Si estos pueblos han esperado más de un siglo, viene a decir, Polonia también tiene tiempo.
Su país fue el primero en luchar durante la II Guerra Mundial. Polonia confió en las garantías de las potencias occidentales -especialmente Francia y el Reino Unido- y la dejaron sola. Sus tropas combatieron heroicamente durante más de un mes; primero contra Alemania y, después, contra ella y la URSS juntas. Los nazis nunca lograron instalar un gobierno títere polaco en ningún sitio. Allí donde pudieron combatir, combatieron. La resistencia no dio a los ocupantes un momento de paz. En 1943, se sublevó el Gueto de Varsovia. En 1944, fue la ciudad entera la que se alzó en armas. Los pilotos polacos defendieron los cielos de Inglaterra al mando de los cazas de la RAF. Sus soldados lucharon junto a los británicos en el Norte de África, en el Mediterráneo, en Oriente Medio y en Italia. La inteligencia recopilada por los polacos en Polonia y en el resto de la Europa ocupada -se enrolaron en los movimientos de resistencia allí donde pudieron- sirvió a los aliados occidentales y a los propios soviéticos a partir de la invasión de la URSS en 1941. Fue gracias a los matemáticos polacos del equipo de Marian Adam Rejewski (1905-1980) que Alan Turing (1912-1954) y los criptógrafos de Bletchey Park pudieron descifrar el código de Enigma. La deuda de gratitud de toda Europa con Polonia es incalculable.
Esta reclamación polaca, pues, no tiene como base sólo el Derecho, sino también la razón.
Esta columna pide hoy justicia para Polonia.