Análisis
El 1 de junio de 1978, fanáticos de todo el mundo esperaban con ansias la inauguración de la XI Copa Mundial de Fútbol. El país anfitrión era Argentina, que en medio de una gran polémica, debido a su situación política, se preparaba para iniciar la gran fiesta del balompié en Buenos Aires. Por razones fortuitas, o quizás por soberbia, el día y hora escogidos para la ceremonia fueron un jueves a las tres y media de la tarde. Ese mismo día, en esa misma ciudad, pero en otras condiciones, se concentraba una vez más un enorme grupo de madres. Madres que reclamaban por una respuesta. Madres que buscaban a sus hijos y a sus familiares que habían desaparecido bajo el velo implacable de la dictadura. Esa misma dictadura que ese mismo día festejaba con prepotencia.