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    23 de enero de 2021

elimparcial.es > Críticas de Teatro

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el chivato

En el mundo singular del teatro nadie se extraña –muchos se enojan- cuando el representante del jurado de algún premio importante proclama el nombre del ganador. Nombre elegido por prójimos apenas vistos por los teatros, que no suele coincidir con la razón, la ética o la estética. Ocurre con demasiada frecuencia que una joven sordomuda obtiene un premio a su labor como actriz interpretando el papel de sordomuda; se premia a un ciego por representar a un ciego y a un deficiente mental por hacer de sí mismo; o se premiará pronto una obra interpretada por tartamudos, que tratan de reivindicar su derecho a no ser discriminados; pretensión que no conseguirá su propósito desde un escenario, ante un público sufridor al que se le hará patente la tartamudez de todo un grupo de entrecortados que se autoexcluyen a sí mismos
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el chivato

Resulta que con la tan manida “crisis que no es crisis” nadie arriesgaba un cuarto por el teatro. Dicen que cuando el dinero escasea, el ocio cultural se resiente. Pero… ¡Oh paradoja! El teatro, ese enfermo de crisis crónica desde sus primeros soplos chinos o griegos, no sufre la crisis esa. Desde que comenzó la prometedora temporada actual, muchos teatros madrileños completan a diario sus necesitados aforos. Apenas se diferencia la recaudación de últimos de mes, cuando todos esperamos el día de “Santa Págueda”, con los alegres días del dinero recién cosechado; ese que pensamos que no se acabará nunca.
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entrevista

El director del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, Emilio Hernández, cree que el evento "ha hecho del municipio un punto de referencia que excede los veinticinco días del festival, colocando a Almagro en el mapa internacional".
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el chivato

Hay quienes afirman –los teatreros sobre todos - que si el Teatro gozara de la misma promoción por parte de los medios de comunicación con que cuenta el fútbol, no habría una sola butaca libre en ninguno de los teatros de gestión privada, que pugnan a diario por conseguir la dádiva de unos instantes entre las horas que todos los medios dedican a esa cosa del balón cuyo éxito de masas parece deberse a la libertad de manifestar el lado fiero de los individuos, lanzando cuantos exabruptos les vengan en gana, y no al gusto por un espectáculo cuyos modos estéticos y pedagógicos solo fomentan una cultura barata cada vez más alejada de lo artístico, que no puede compararse con los del teatro.
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El Chivato

Pasaba de la media noche. Noche templada de vocación veraniega. Los teatros habían terminado ya sus sesiones vespertinas de horario europeo. Los cómicos activos disfrutaban la quietud de la breve jornada laboral pero… No todos.
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El Chivato

La tarde madrileña no invitaba al paseo; ni siquiera estimulaba a los aficionados a lecturas teatrales (tantas veces precursoras de éxitos). A pesar del extemporáneo frío y una lluvia molesta, la acogedora sala de la Casa de Valencia, en el Paseo del Pintor Rosales, se adornó de público ávido de buen teatro, enterado de que allí se procedía, en sesión única, a la lectura escenificada de “El ocaso de los brujos”, del valenciano Juan Alberto Gil Albors, dirigida por el también valenciano José Francisco Tamarit, director teatral y maestro de actores en la bella localidad alicantina de Alfaz del Pi.
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Acontecía en la Casa de Correos, sede del gobierno regional madrileño, con motivo de la recepción que la presidenta ofrece cada año a varios miles de españoles con motivo de la celebración del 2 de Mayo. El ambiente, estaba más limpio que otros años por mor de la rabieta de un lila, pero el ágape parecía organizado por Fidel para su pueblo en el aniversario de la revolución del hambre.
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Hace años, cuando comenzaban a reivindicar de todo los agazapados durante cuarenta años, muchas calles de todas las ciudades y pueblos de España sufrieron cambios de nombre. En aquel tiempo yo colaboraba en el diario Pueblo del maestro Emilio Romero y escribí un artículo titulado: “La trasnominación de las calles” en el que propugnaba un procedimiento menos hiriente que el irreconciliable de los pancarteros puñeteros (de puño en ristre), que ya proliferaban como hongos yesqueros. El asunto consistía en añadir un “apellido” a los nombres, más o menos ilustres, que portaban las calles.
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César Antonio Molina; más poeta que ministro; más hombre de letras que político. Era el ministro idóneo para el poco apreciado mundo de la cultura. Llegó Molina a un ministerio, que algunos consideran superfluo, con voluntad de hacer bien las cosas acabando con las cesantías recurrentes de otro tiempo. El culto ministro instauró la estabilidad de los directores de los distintos organismos culturales de su ministerio: bibliotecas, Institutos, museos, orquestas, teatros… Era en el ministro un gestor de la cultura sin tintes sectarios ni talante partidario.
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Por todas partes proliferan las escuelas de teatro. Las hay universitarias o superiores, autonómicas, municipales, particulares… Todas con la buena voluntad de crear buenos profesionales pero, la mayoría sin profesores competentes. En otro tiempo -cuando La Real Escuela Superior de Arte Dramático fue creada en 1831 impulsada por la reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII- los mejores actores eran quienes enseñaban a los neófitos los secretos de las tablas. Después, los aprendices (meritorios) practicaban desde mínimos papeles, entre profesionales de las mejores compañías.
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