El chivato
25/10/2010@15:16:25
La Sociedad General de Autores Españoles, como se denominó cuando fue creada para defenderse de los abusos de los editores, es una entidad de gestión, constituida y gobernada por los autores que, según la Ley, no puede tener patrimonio ni ánimo de lucro; los dineros que recauda por Derechos de Autor son en su integridad propiedad de los autores. Estos -los autores- eligen a unos gestores para que administren y distribuyan, de forma equitativa, los fondos recaudados, tras deducir los gastos inherentes a la gestión.
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El pretendido Broadway madrileño, la Gran Vía, cumplió el domingo sus primeros cien años. Casi sin cines ya; sin aquellos lujosos recintos donde se estrenaban las mejores películas y nadie podía entrar sin corbata, la guapa avenida ha sabido resistir a medias el embate de mercachifles nada parecidos a aquellos mecenas que tanto la adornaron de cultura: el maestro Jacinto Guerrero, creador del Teatro Coliseum (1932), o el Marqués de Fontalba, a cuyas expensas se construyó el más lujoso de todos, el Teatro Fontalba (1924), desaparecido como tantos otros por el poderío y la avidez expansiva de un banco que murió de castigo (Coca), ahora, el hermoso vestíbulo y el que fuera confortable patio de butacas están ocupados por una tienda más de ropa barata.
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Acaban de publicarse las paupérrimas ayudas al teatro que el Ministerio de Cultura, a propuesta de la Subdirectora General del INAEM, Cristina Santolaria, concede “provisionalmente”.
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En el mundo singular del teatro nadie se extraña –muchos se enojan- cuando el representante del jurado de algún premio importante proclama el nombre del ganador. Nombre elegido por prójimos apenas vistos por los teatros, que no suele coincidir con la razón, la ética o la estética. Ocurre con demasiada frecuencia que una joven sordomuda obtiene un premio a su labor como actriz interpretando el papel de sordomuda; se premia a un ciego por representar a un ciego y a un deficiente mental por hacer de sí mismo; o se premiará pronto una obra interpretada por tartamudos, que tratan de reivindicar su derecho a no ser discriminados; pretensión que no conseguirá su propósito desde un escenario, ante un público sufridor al que se le hará patente la tartamudez de todo un grupo de entrecortados que se autoexcluyen a sí mismos
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Hay quienes afirman –los teatreros sobre todos - que si el Teatro gozara de la misma promoción por parte de los medios de comunicación con que cuenta el fútbol, no habría una sola butaca libre en ninguno de los teatros de gestión privada, que pugnan a diario por conseguir la dádiva de unos instantes entre las horas que todos los medios dedican a esa cosa del balón cuyo éxito de masas parece deberse a la libertad de manifestar el lado fiero de los individuos, lanzando cuantos exabruptos les vengan en gana, y no al gusto por un espectáculo cuyos modos estéticos y pedagógicos solo fomentan una cultura barata cada vez más alejada de lo artístico, que no puede compararse con los del teatro.
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La tarde madrileña no invitaba al paseo; ni siquiera estimulaba a los aficionados a lecturas teatrales (tantas veces precursoras de éxitos). A pesar del extemporáneo frío y una lluvia molesta, la acogedora sala de la Casa de Valencia, en el Paseo del Pintor Rosales, se adornó de público ávido de buen teatro, enterado de que allí se procedía, en sesión única, a la lectura escenificada de “El ocaso de los brujos”, del valenciano Juan Alberto Gil Albors, dirigida por el también valenciano José Francisco Tamarit, director teatral y maestro de actores en la bella localidad alicantina de Alfaz del Pi.
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Muchos teatros privados, más de cincuenta, desaparecieron de Madrid desde la segunda mitad del siglo XIX hasta este XXI en el que la especulación inmobiliaria, la falta de textos nuevos e interesantes o la sustitución de aquellos empresarios de antes -que anteponían su amorosa sensibilidad a los beneficios dinerarios- por “hombres de empresa” con atinados estudios y previsoras estadísticas.
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Decidí aplazar algún tiempo mi panegírico a la memoria de mi amigo Luis Aguilé, conviniendo con Byron en que, “el hombre es un péndulo entre la sonrisa y el llanto” y, desde este no encontraba las palabras. La ley del péndulo, inexorable como es, me trajo al fin a la sonrisa y es desde aquí de donde mejor puedo evocar la memoria de quien fuera un madrileño desde 1963 y español a partir del noventa.
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Hay quienes afirman –los teatreros sobre todo- que si el Teatro gozara de la misma promoción por parte de los medios de comunicación con que cuenta el fútbol, no habría una sola butaca libre en ninguno de los teatros de gestión privada.
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Pasaba de la media noche. Noche templada de vocación veraniega. Los teatros habían terminado ya sus sesiones vespertinas de horario europeo. Los cómicos activos disfrutaban la quietud de la breve jornada laboral pero… No todos.
El Chivato
Por todas partes proliferan las escuelas de teatro. Las hay universitarias o superiores, autonómicas, municipales, particulares… Todas con la buena voluntad de crear buenos profesionales pero, la mayoría sin profesores competentes. En otro tiempo -cuando La Real Escuela Superior de Arte Dramático fue creada en 1831 impulsada por la reina María Cristina de Borbón, esposa de Fernando VII- los mejores actores eran quienes enseñaban a los neófitos los secretos de las tablas. Después, los aprendices (meritorios) practicaban desde mínimos papeles, entre profesionales de las mejores compañías.
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Nos dicen que la democracia es una forma de gobierno; de organización del Estado, en la cual las decisiones son adoptadas por el pueblo mediante dispositivos de participación que confieren legitimidad a sus representantes. Lo que nos ocultan son las muchas imperfecciones contenidas en el manoseado “poder del pueblo”. Una de estas –y no la menor- es la inercia; la parsimonia con que las decisiones, nunca unánimes, del engañado “poderhabiente”, solo cristalizan cada cuatro años –o más donde nacen las bananas-.
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